Saturday, September 09, 2006


el hombre en la calle, george simenon
Los cuatro hombres iban apretujados dentro del taxi. En París helaba. A las siete y media de la mañana la ciudad estaba lívida, el viento hacía correr a ras de suelo un polvillo de hielo.El más delgado de los cuatro, en un asiento abatible, tenía un cigarrillo pegado al labio inferior e iba esposado. El más importante, de mandíbula fuerte, envuelto en un recio abrigo y con un sombrero hongo en la cabeza, fumaba en pipa viendo desfilar ante sus ojos la verja del Bois de Boulogne.-¿Le hago el número de la pataleta? -propuso amablemente P’tit Louis, el hombre de las esposas-. ¿Con contorsiones, espumarajos, insultos y todo eso?Maigret gruñó, quitándole el cigarrillo de los labios y abriendo la portezuela, porque ya habían llegado a la Porte de Bagatelle:-No quieras pasarte de listo.Los caminos del Bois estaban desiertos, blancos y duros como el mármol. Unas diez personas pateaban la nieve para combatir el frío al lado de un sendero para jinetes, y un fotógrafo quiso retratar al grupo que se acercaba. Pero P’tit Louis, tal como le habían recomendado, levantó los brazos para taparse la cara.Maigret, con aire malhumorado, giraba la cabeza como un oso, observándolo todo: los edificios nuevos del Boulevard Richard-Wallace, todavía con los postigos cerrados, unos obreros en bicicleta que venían de Puteaux, un tranvía iluminado, dos porteras que caminaban con las manos violáceas de frío.-¿Todo a punto? -preguntó.La víspera, había permitido a los periódicos que publicaran la información siguiente:«EL CRIMEN DE BAGATELLE»En esta ocasión la policía no ha tardado mucho en aclarar un asunto que parecía ofrecer dificultades insuperables. Como es sabido, el lunes por la mañana un guarda del Bois de Boulogne descubrió en uno de los senderos, a unos cien metros de la Porte de Bagatelle, el cadáver de un hombre que pudo ser identificado inmediatamente.»Se trata de Ernest Borms, médico vienés muy conocido que vivía en Neuilly desde hacía varios años. Borms vestía esmoquin. Alguien debió de atacarle en la noche del domingo al lunes cuando volvía a su piso, en el Boulevard Richard-Wallace.»Una bala disparada a quemarropa con un revólver de pequeño calibre lo alcanzó en el corazón.»Borms, que aún era joven, de buena apariencia, muy elegante, llevaba una intensa vida social.»Apenas cuarenta y ocho horas después de este crimen, la Policía Judicial acaba de proceder a una detención. Mañana por la mañana, entre las siete y las ocho, se procederá a la reconstrucción del crimen en el lugar de los hechos».Posteriormente, en el Quai des Orfèvres se habló de este asunto, y se comentaba que en él Maigret había utilizado tal vez el más característico de sus procedimientos; pero cuando lo mencionaban en su presencia, reaccionaba de un modo extraño, volviendo la cabeza y emitiendo un gruñido.¡Vamos allá! Todo el mundo estaba en su sitio. Muy pocos mirones, tal como había previsto. Por algo había elegido aquella hora matinal. Y además, entre las diez o quince personas que daban patadas en el suelo podía reconocerse a varios inspectores que adoptaban un aire lo más inocente posible, y uno de ellos, Torrence, a quien le encantaba disfrazarse, se había vestido de repartidor de leche, lo cual hizo que su jefe se encogiera de hombros.¡Con tal de que P’tit Louis no exagerara! Era un «cliente» suyo, un delincuente muy conocido, a quien habían detenido el día anterior mientras practicaba su oficio de carterista en el metro.«Mañana por la mañana nos echarás una mano, y ya procuraremos que esta vez no salgas muy mal librado...»Lo habían sacado de la prisión.-¡Adelante! -gruñó Maigret-. Cuando oíste pasos estabas escondido en este rincón, ¿verdad?-Fue exactamente así, señor comisario. Yo tenía hambre, ¿me comprende? Y no me quedaba ni un céntimo. Entonces me dije que un tipo que volvía a su casa de esmoquin, seguro que llevaba la cartera repleta... «¡La bolsa o la vida!», le dije acercándome a él. Y le juro que no fue culpa mía si se me disparó. Supongo que fue el frío lo que hizo que el dedo apretara el gatillo...Las once de la mañana. Maigret recorría su despacho del Quai des Orfèvres a grandes zancadas, fumaba una pipa tras otra, no cesaba de atender al teléfono.-¡Oiga! ¿Es usted, jefe? Soy Lucas. He seguido al viejo que parecía interesarse por la reconstrucción. Una pista falsa: es un maniático que todas las mañanas da un paseíto por el Bois.-De acuerdo, puedes volver.Once y cuarto.-Oiga, ¿es el jefe? Soy Torrence. He seguido al joven que usted me indicó mirándome de reojo. Participa en todos los concursos de detectives. Trabaja de dependiente en una tienda de los Campos Elíseos. ¿Puedo regresar?Hasta las doce menos cinco no recibió una llamada de Janvier.-Tengo que ser breve, jefe, no sea que el pájaro eche a volar. Lo vigilo por el espejito incrustado en la puerta de la cabina. Estoy en el bar del Nain Jaune, en el Boulevard Rochechouart... Sí, me ha visto. No tiene la conciencia tranquila. Al cruzar el Sena ha tirado algo al río. Además, ha intentado despistarme diez veces. ¿Lo espero aquí?Así empezó una cacería que iba a prolongarse durante cinco días y cinco noches, por entre transeúntes apresurados, en un París indiferente, de bar en bar, de taberna en taberna; por un lado un hombre solo, por otro Maigret y sus inspectores, que se turnaban en la persecución y que, a fin de cuentas, acabaron tan exhaustos como su perseguido.Maigret bajó del taxi delante del Nain Jaune, a la hora del aperitivo, y encontró a Janvier acodado en el mostrador. No se tomó la molestia de adoptar un aire inocente. ¡Al contrario!-¿Quién es?Con la barbilla, el inspector le indicó un hombre sentado en un rincón, delante de un velador. El hombre los miraba con sus pupilas claras, de un azul grisáceo, que daban a su fisonomía el aspecto de ser extranjero. ¿Nórdico? ¿Eslavo? Más bien eslavo. Llevaba un abrigo gris, un traje de buenas hechuras, un sombrero flexible.Debía de tener unos treinta y cinco años. Estaba pálido, recién afeitado.-¿Qué quiere tomar, jefe? ¿Un Picon caliente?-De acuerdo, un Picon caliente. ¿Qué bebe él?-Aguardiente. Se ha tomado cinco esta mañana. Y no le extrañe si me trabuco un poco al hablar: siguiéndolo he tenido que entrar en todas las tabernas. Tiene mucho aguante, ¿sabe usted?... Además, fíjese, lleva toda la mañana así. Éste no se da por vencido fácilmente.Era verdad. Y parecía raro. Aquello no podía llamarse arrogancia ni desafío. El hombre sencillamente los miraba. Si estaba inquieto, no dejaba que nada trasluciese. Su rostro expresaba más bien tristeza, pero una tristeza tranquila, meditabunda.-En Bagatelle, cuando se dio cuenta de que usted no lo perdía de vista, se fue en seguida, y yo tras él. Aún no había andado cien metros cuando ya había girado la cabeza. Entonces, en vez de salir del Bois, como parecía su intención, echó a andar a grandes zancadas por el primer sendero que encontró. Volvió la cabeza otra vez. Me reconoció. Se sentó en un banco a pesar del frío, y yo me paré a mi vez. Varias veces tuve la impresión de que quería dirigirme la palabra, pero acabó por alejarse encogiéndose de hombros.»En la Porte Dauphine estuve a punto de perderlo, porque tomó un taxi, pero tuve la suerte de encontrar otro casi al momento. Bajó en la Place de l’Opéra, y se metió precipitadamente en el metro. Yo iba siguiéndolo, cambiamos cinco veces de línea, hasta que empezó a comprender que de esta manera no podría despistarme.»Volvimos a subir a la superficie. Estábamos en la Place Clichy. Desde entonces no hemos dejado de ir de bar en bar. Yo esperaba que entrara en un buen lugar, con una cabina telefónica desde donde pudiera vigilarlo. Cuando me ha visto telefonear, ha hecho una mueca irónica y triste. Luego, yo hubiese jurado que lo estaba esperando a usted.-Telefonea a «casa». Que Lucas y Torrence se preparen para venir corriendo al primer aviso. Y que venga también un fotógrafo de Identidad Judicial, con una cámara muy pequeña.-¡Camarero! -llamó el desconocido-. ¿Qué le debo?-Tres cincuenta.-Apostaría a que es polaco -murmuró Maigret a Janvier-. En marcha.No fueron muy lejos. En la Place Blanche el hombre entró en un pequeño restaurante; ellos lo siguieron y se sentaron a una mesa que estaba junto a la suya. Era un restaurante italiano, y comieron pasta.A las tres, Lucas fue a relevar a Janvier, cuando éste se hallaba con Maigret en una cervecería frente a la Gare du Nord.-¿Y el fotógrafo? -preguntó Maigret.-Espera en la calle para sorprenderlo cuando salga.Y, en efecto, cuando el polaco salió, después de haber leído los periódicos, un inspector se acercó rápidamente a él. A menos de un metro le hizo una foto. El hombre se llevó en seguida la mano a la cara, pero ya era demasiado tarde, y entonces, demostrando que comprendía, dirigió a Maigret una mirada de reproche.-Amigo mío -monologaba el comisario-, tienes muy buenas razones para no llevamos a tu domicilio. Pero si tú tienes paciencia, yo tengo tanta como tú...Al oscurecer, había copos de nieve revoloteando por las calles, mientras el desconocido andaba, con las manos en los bolsillos, esperando la hora de acostarse.-¿Lo relevo durante la noche, jefe? -propuso Lucas.-No. Prefiero que te ocupes de la fotografía. En primer lugar, consulta el fichero. Luego investiga en los ambientes extranjeros. Ese tipo conoce París. Seguro que hace tiempo que vive aquí. Alguien ha de conocerlo.-¿Y si publicásemos su foto en los periódicos?Maigret miró a su subordinado con desdén. ¿O sea que Lucas, que trabajaba con él desde hacía tantos años, aún no comprendía? ¿Acaso la policía tenía un solo indicio? ¡Nada! ¡Ni un testimonio! Matan a un hombre de noche en el Bois de Boulogne. No se encuentra el arma. Ni una huella. El doctor Borms vive solo, y su único sirviente ignora adónde fue la víspera.-¡Haz lo que te digo! Largo...A las doce de la noche por fin el hombre se decidió a cruzar el umbral de un hotel. Maigret le seguía los pasos. Era un hotel de segunda o incluso de tercera categoría.-Quisiera una habitación.-¿Me rellena esta ficha, por favor?La rellena entre titubeos, con los dedos entumecidos por el frío. Mira a Maigret de arriba abajo, como diciéndole: «¡Si cree que me importa que me esté mirando! Escribiré lo que me dé la gana».Y, en efecto, escribe el primer nombre y apellido que le viene a la cabeza: Nikolas Slaatkovich, domiciliado en Cracovia, que había llegado a París el día anterior.Todo falso, evidentemente. Maigret telefonea a la Policía Judicial. Se revisan los expedientes de los pisos amueblados, los registros de extranjeros, llaman a los puestos fronterizos. No existe ningún Nikolas Slaatkovich.-¿Usted también desea una habitación? -pregunta el dueño con una mueca, porque ya se huele que está ante un policía.-No, gracias. Pasaré la noche en la escalera.Es más seguro. Se sienta en un peldaño, delante de la puerta de la habitación número 7. Por dos veces esta puerta se abre. El hombre escudriña la oscuridad con la mirada, ve la silueta de Maigret, y termina por acostarse. Por la mañana, la barba le ha crecido, tiene las mejillas rasposas. No ha podido cambiarse de ropa. Ni siquiera tenía peine, y lleva el pelo alborotado.Lucas acaba de llegar.-¿Lo relevo, jefe?Maigret no se resigna a dejar a su desconocido. Lo ha visto pagar la habitación. Lo ha visto palidecer. Y adivina lo que pasa.En efecto, poco después, en un bar en el que toman, por así decirlo, codo con codo, un café con leche y unos croissants, el hombre, sin ocultarse lo más mínimo, cuenta el dinero que le queda. Un billete de cien francos, dos monedas de veinte, una de diez y menudo. Sus labios se estiran en una mueca de contrariedad.¡Bueno! Con eso no irá muy lejos. Cuando llegó al Bois de Boulogne, acababa de salir de su casa, porque iba recién afeitado, sin una mota de polvo, sin una arruga en el traje. ¿Tenía intención de volver al cabo de poco? Ni siquiera se preocupó por el dinero que llevaba encima.Maigret adivina lo que tiró al Sena: los documentos de identidad, tal vez tarjetas de visita.Quiere evitar a toda costa que se descubra dónde vive.Y el callejeo típico de los que no tienen techo vuelve a empezar, con paradas delante de las tiendas, de los puestos de vendedores ambulantes, o en los bares, en los que tiene que entrar de vez en cuando, aunque sólo sea para sentarse, sobre todo porque en la calle hace frío, o para leer los periódicos.¡Ciento cincuenta francos! Al mediodía, nada de restaurantes. El hombre se conforma con huevos duros, que come de pie ante un mostrador, y una cerveza, mientras Maigret engulle unos bocadillos.El otro duda mucho antes de entrar en un cine. Dentro del bolsillo su mano juega con las monedas. Hay que resistir todo el tiempo posible. El hombre anda y anda...¡Por cierto! Hay un detalle que llama la atención de Maigret. En su agotadora caminata, el hombre recorre siempre determinados barrios: de la Trinité a la Place Clichy; de la Place Clichy a Barbès, pasando por la Rue Caulaincourt; de Barbès a la Gare du Nord y a la Rue La Fayette...¿Tiene también miedo de que lo reconozcan? Seguramente elige los barrios más alejados de su casa o de su hotel, los que suele frecuentar.¿Vive en Montparnasse, como tantos extranjeros? ¿En los alrededores del Panteón?La ropa que usa indica una posición media. Son prendas cómodas, sobrias, de buena hechura. Sin duda, una profesión liberal. ¡Lleva alianza! O sea que ¡está casado!Maigret ha tenido que resignarse a ceder su lugar a Torrence. Pasa rápidamente por su casa. Madame Maigret está contrariada: su hermana ha venido de Orléans, ha preparado una cena muy especial, y su marido, después de haberse afeitado y cambiado de ropa, vuelve a irse anunciando que no sabe cuándo regresará.El comisario se precipita hacia el Quai des Orfèvres.-¿No hay nada de Lucas para mí?¡Sí! Hay una nota del brigada. Éste ha ensenado la fotografía en numerosos círculos polacos y rusos. Nadie lo conoce. Tampoco nada en los grupos políticos. En último extremo, ha sacado numerosas copias de la famosa fotografía. En todos los barrios de París hay agentes que van de puerta en puerta, de portería en portería, mostrando la foto a los dueños de los bares y a los camareros.-¡Oiga! ¿El comisario Maigret? Soy una acomodadora del Ciné-Actualités, en el Boulevard de Strasbourg... Hay aquí un señor, Monsieur Torrence, que me ha dicho que lo telefonee a usted para decirle que está aquí, pero que no se atreve a salir de la sala.¡No es tonto el hombre! Ha escogido el mejor lugar para pasar algunas horas: con calefacción y por poco precio, sólo dos francos de entrada... ¡y con derecho a varias sesiones!Se ha establecido una curiosa intimidad entre perseguidor y perseguido, entre el hombre cuya barba crece, cuyas ropas se arrugan, y Maigret, que no lo pierde de vista ni un instante. Incluso hay un detalle divertido. Los dos se han resfriado. Tienen la nariz enrojecida. Casi al mismo tiempo sacan el pañuelo del bolsillo, y en una ocasión el hombre no ha podido evitar una vaga sonrisa al ver cómo Maigret suelta una serie de estornudos.Un hotel sucio, en el Boulevard de la Chapelle, después de cinco sesiones continuas de documentales. En el registro, el mismo nombre. Y de nuevo Maigret se instala en un peldaño de la escalera. Pero como es una casa de citas, cada diez minutos tiene que apartarse para dejar pasar a parejas que lo miran con extrañeza, y las mujeres se quedan intranquilas.Cuando se le acaben los recursos, cuando los nervios ya no resistan más, ¿se decidirá a volver a su casa? En una cervecería en la que el otro se queda bastante rato y se quita el abrigo gris, Maigret no vacila en tomar la prenda y mirar el interior del cuello. El abrigo se compró en Old England, en el Boulevard des Italiens. Es de confección, y la casa debió de vender docenas de abrigos parecidos. Sin embargo, hay un indicio. Es del invierno anterior. Así pues, el desconocido lleva en París por lo menos un año. Y en el curso de un año seguro que ha tenido que recalar en algún lugar.Maigret se dedica a tomar ponches para matar el resfriado. El otro va soltando el dinero con cuentagotas. Toma cafés, pero sin añadirles licor. Se alimenta de croissants y de huevos duros.Las noticias de «casa» son siempre las mismas: ¡nada nuevo! Nadie reconoce la fotografía del polaco. No se ha denunciado ninguna desaparición.Por lo que respecta al muerto, tampoco nada. Tenía un consultorio importante. Se ganaba muy bien la vida, no se metía en política, salía mucho y, como se ocupaba sobre todo de enfermedades nerviosas, entre sus pacientes abundaban las mujeres.Era una experiencia que Maigret aún no había tenido ocasión de llevar hasta el final: ¿en cuánto tiempo un hombre bien educado, aseado, bien vestido, pierde su barniz exterior cuando tiene que vagabundear por la calle?¡Cuatro días! Ahora lo sabía. Primero la barba. La primera mañana, el hombre parecía un abogado o un médico, un arquitecto, un industrial; uno se lo imaginaba saliendo de un confortable piso. Una barba de cuatro días lo ha transformado hasta el punto de que, si hubiesen publicado su retrato en los periódicos evocando el caso del Bois de Boulogne, la gente hubiera dicho: «¡Se ve a la legua que tiene cara de asesino!»Por el frío y el dormir mal, se le había enrojecido el borde de los párpados, y el resfriado le ponía un toque de fiebre en los pómulos. Los zapatos, que habían dejado de estar lustrosos, comenzaban a deformarse. El abrigo empezaba a ajarse y sus pantalones tenían rodilleras.Incluso se le notaba en la manera de andar. Ya no andaba de la misma forma: iba pegado a las paredes, bajaba la vista cuando los transeúntes lo miraban... Un detalle más: volvía la cabeza al pasar ante un restaurante donde había clientes instalados a las mesas ante copiosos platos.«¡Tus últimos veinte francos, amigo mío!», calculaba Maigret. «¿Y después?»Lucas, Torrence y Janvier lo relevaban de vez en cuando, pero él les cedía su lugar con la menor frecuencia posible. Entraba en el Quai des Orfèvres como un huracán, veía al jefe.-Sería mejor que descansara, Maigret.Un Maigret huraño, susceptible, como si estuviera dominado por sentimientos contradictorios, contestaba:-Mi deber es descubrir al asesino, ¿no?-Evidentemente...-¡Pues en marcha! -suspiraba con una especie de rencor en la voz-. Me pregunto dónde dormirá esta noche.¡Los últimos veinte francos! ¡Menos aún! Cuando se reunió con Torrence, éste le dijo que el hombre había comido tres huevos duros y tomado dos cafés con licor en un bar de la esquina de la Rue Montmartre.-Ocho francos con cincuenta... Le quedan once francos con cincuenta.Lo admiraba. El otro no sólo no se escondía, sino que andaba a su misma altura, a veces a su lado, y tenía que contenerse para no dirigirle la palabra.«¡Vamos a ver, hombre! ¿No crees que ya sería hora de que empezases a cantar? En algún lugar te espera una casa con calefacción, una cama, unas zapatillas, una navaja de afeitar, ¿verdad? Y una buena cena...»¡Pero no! El hombre vagó bajo las luces eléctricas de Les Halles, como los que ya no saben adónde ir, entre los montones de coles y de zanahorias, apartándose al oír el silbato del tren, al paso de los camiones de los hortelanos.«¡Ya no puedes pagarte una habitación!»Aquella noche el Servicio Meteorológico registró ocho grados bajo cero. El hombre se compró unas salchichas calientes que una vendedora preparaba al aire libre. ¡Apestaría a ajo y a grasa toda la noche!En cierto momento intentó introducirse en un pabellón y echarse en un rinconcito. Un agente, al que Maigret no tuvo tiempo de dar instrucciones, lo echó de allí. Ahora cojeaba. Los muelles. El Pont des Arts. ¡Con tal de que no se le ocurriera tirarse al Sena! Maigret no se sentía con ánimos para saltar tras él al agua negra, que empezaba a arrastrar pedazos de hielo.Iba por el muelle de la sirga. Unos vagabundos refunfuñaban. Bajo los puentes, los buenos lugares ya estaban ocupados.En uña calleja, cerca de la Place Maubert, a través de los cristales de una extraña taberna se veían a unos viejos que dormían con la cabeza apoyada sobre la mesa. ¡Por veinte céntimos, incluyendo un vaso de vino tinto! El hombre miró a Maigret por entre la oscuridad. Esbozó un ademán fatalista y empujó la puerta. En el tiempo en que ésta se abrió y volvió a cerrarse, Maigret recibió una repugnante tufarada en el rostro. Prefirió quedarse en la calle. Llamó a un agente, lo dejó vigilando en la acera y fue a telefonear a Lucas, que esa noche estaba de guardia.-Hace una hora que estamos buscándolo, jefe. ¡Lo hemos identificado! Ha sido gracias a una portera. El tipo se llama Stephan Strevzki, arquitecto, treinta y cuatro años, nacido en Varsovia, instalado en Francia desde hace tres años. Trabaja con un decorador del Faubourg Saint-Honoré. Está casado con una húngara, una mujer guapísima que se llama Dora. Vive en Passy, Rue de la Pompe, en un piso por el que paga doce mil francos de alquiler. Nada de política... La portera nunca vio a la víctima. Stephan salió de su casa el lunes por la mañana más temprano de lo que solía. Ella se sorprendió al ver que no regresabas pero dejó de preocuparse al ver que...-¿Qué hora es?-Las tres y media. Aquí estoy solo. Me he hecho subir cerveza pero está muy fría...-Óyeme bien, Lucas. Irás... ¡Sí! ¡Ya lo sé! Es demasiado tarde para los de la mañana, pero en los de la tarde... ¿Lo has entendido?Aquella mañana el hombre llevaba pegado a su ropa un sordo olor a miseria. Los ojos más hundidos. La mirada que dirigió a Maigret, en la pálida mañana, contenía el más patético de los reproches.¿No lo habían conducido, poco a poco, pero a una velocidad que no dejaba de ser vertiginosa, hasta lo más bajo del escalafón? Se levantó el cuello del abrigo. No salió del barrio. Con mal sabor de boca, se metió en una taberna que acababa de abrir y se bebió, una tras otra, cuatro copas, como para arrancarse el espantoso regusto que aquella noche le había dejado en la garganta y en el pecho.¡Qué más daba! ¡Ahora ya no le quedaba nada! Sólo podía echar a andar recorriendo calles que el hielo había vuelto resbaladizas. Debía de tener agujetas. Cojeaba de la pierna izquierda. De vez en cuando se detenía y miraba a su alrededor con desesperación.Como ya no entraba en ningún café donde hubiera teléfono, a Maigret le era imposible hacer que lo relevaran. ¡Otra vez los muelles! ¡Y ese gesto maquinal del hombre que revuelve entre los libros de lance, pasando las páginas, a veces asegurándose de la autenticidad de un grabado o de una estampa! Un viento helado barría el Sena. El agua tintineaba en la proa de las chalanas en movimiento, porque los pedacitos de hielo entrechocaban como si fueran lentejuelas.Desde lejos, Maigret vio el edificio de la Policía Judicial, la ventana de su despacho. Su cuñada ya había regresado a Orléans. Con tal de que Lucas...No sabía aún que aquella atroz investigación se convertiría en clásica, y que generaciones de inspectores repetirían sus detalles a los novatos. Era una tontería, pero, por encima de todo, lo conmovía un detalle ridículo: el hombre tenía un grano en la frente, un grano que, fijándose bien, seguramente era un forúnculo, de un color que iba pasando de rojo a morado.Con tal de que Lucas...A las doce, el hombre, que decididamente conocía muy bien París, se dirigió hacia donde repartían la sopa popular, al final del Boulevard Saint-Germain Y se puso en la fila de andrajosos. Un viejo le dirigió la palabra, pero él fingió no entenderlo. Entonces otro, con la cara picada de viruela, le habló en ruso.Maigret cruzó a la acera de enfrente, vaciló, se vio obligado a comer unos bocadillos en una taberna, y volvió la espalda a medias para que el otro, a través de los cristales, no lo viera comer.Aquellos pobres diablos avanzaban lentamente, entraban en grupos de cuatro o de seis en la sala donde les servían escudillas de sopa caliente. La cola se alargaba. De vez en cuando, los de atrás empujaban, y algunos dejaban oír protestas.La una. Un chiquillo apareció en el extremo de la calle. Corría, adelantando el cuerpo.-L ‘Intran... L ‘Intran...Tampoco él quería perder tiempo. Sabía desde lejos qué transeúntes comprarían el periódico. No hizo el menor caso de la hilera de mendigos.-L ‘Intran...Humildemente, el hombre alzó la mano y dijo:-¡Eh, eh!Los demás lo miraron. ¿O sea que aún tenía algunos céntimos para comprarse un periódico?Maigret también llamó a al vendedor, desplegó la hoja y, aliviado, encontró en la primera página lo que buscaba, la fotografía de una mujer joven, bella, sonriente.«INQUIETANTE DESAPARICIÓN»Se nos comunica que desde hace cuatro días ha desaparecido una joven polaca, Madame Dora Strevzki, que no ha vuelto a su domicilio en Passy, Rue de la Pompe, número 17.»A ello se añade el significativo hecho de que el marido de la desaparecida, Monsieur Stephan Strevzki, también desapareció de su domicilio la víspera, es decir, el lunes, y la portera, que ha avisado a la policía, declara...»Al hombre sólo le faltaban por recorrer cinco o seis metros, en la fila que lo arrastraba, para tener derecho a su escudilla de sopa humeante. En ese momento salió de la cola, cruzó la calzada, donde estuvo a punto de que lo atropellara un autobús, y llegó a la otra acera, para encontrarse justo ante Maigret.-¡Estoy a su disposición! -se limitó a decir el hombre-. Lo acompaño adonde usted quiera. Contestaré todas sus preguntas...Estaban todos en el pasillo de la Policía Judicial: Lucas, Janvier, Torrence, además de otros que no habían intervenido en el caso pero que estaban al corriente. Al pasar, Lucas le hizo una señal a Maigret que quería decir: «¡Asunto resuelto!»Una puerta que se abre y que vuelve a cerrarse. Cerveza y bocadillos encima de la mesa.-Antes que nada, coma un poco.Se siente incómodo. No consigue tragar. Por fin el hombre habla.-Ya que ella se ha ido y está a salvo...Maigret pareció sentir la necesidad de atizar la estufa.-Cuando leí en los periódicos lo del crimen, ya hacía tiempo que sospechaba que Dora me engañaba con aquel hombre. También sabía que no era su única amante. Yo conocía bien a Dora, su carácter impetuoso, ¿me comprenden? Sin duda él intentó librarse de ella, y yo sabía que Dora era capaz de... Ella siempre llevaba en el bolso un revólver con adornos de nácar. Cuando los periódicos anunciaron la detención del asesino y la reconstrucción del crimen, quise ver...Maigret hubiera querido poder decir, como los policías ingleses: «Le advierto que todo lo que declare podrá utilizarse en su contra».No se había quitado el abrigo. Seguía llevando el sombrero puesto.-Ahora que ella ya está en lugar seguro... Porque Supongo... -Miró a su alrededor con angustia. Una sospecha cruzó por su mente-. Debió de comprender lo que pasaba al ver que yo no volvía. Yo sabía que eso acabaría así, que Borms no era un hombre para ella, que Dora nunca iba a aceptar servirle de pasatiempo, y que entonces volvería a mí. El domingo por la tarde salió sola, como solía hacer en estos últimos tiempos. Seguramente lo mató cuando...Maigret se sonó. Se sonó durante largo rato. Un rayo de sol, de ese sol puntiagudo de invierno que acompaña a los grandes fríos, entraba por la ventana. El grano, el forúnculo, brillaba en la frente de aquel a quien no podía llamar más que «el hombre».-Su esposa lo mató, sí, cuando comprendió que se había burlado de ella. Y usted comprendió que ella lo había matado. Y entonces quiso... -Se acercó bruscamente al polaco-. Le pido perdón, amigo -masculló como si hablase con un antiguo compañero-. Me habían encargado que descubriese la verdad, ¿no? Mi deber era...-Abrió la puerta-. Que entre Madame Dora Strevzki. Lucas, sigue tú, yo...Y en la Policía Judicial nadie volvió a verlo durante dos días. El jefe lo telefoneó a su casa.-Bueno, Maigret. Ya debe de saber que ella lo ha confesado todo y que... A propósito, ¿cómo va su resfriado? Me han dicho...-No es nada, estoy muy bien. Dentro de veinticuatro horas... ¿Y él?-¿Cómo dice? ¿Quién?-¡Él!-¡Ah, ya comprendo! Ha contratado al mejor abogado de París. Confía en que... Ya sabe, los crímenes pasionales...Maigret volvió a acostarse y quedó atontado a fuerza de ponches y de aspirinas.Posteriormente, cuando alguien quería hablarle de aquella investigación, Maigret gruñía: «¿Qué investigación?», para desanimar a los preguntones.Y el hombre iba a verlo una o dos veces por semana, y lo tenía al corriente de las esperanzas del abogado.No fue una absolución completa: un año de libertad vigilada.Y fue ese hombre quien enseñó a Maigret a jugar al ajedrez.
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los asesinos, ernest hemingway
La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.-Todavía no está listo.-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.-Son las cinco.-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.-Adelanta veinte minutos.-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.-Esa es la cena.-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.-Dije si tienes algo para tomar.-Sólo lo que nombré.-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?-Summit.-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.-No -le contestó éste.-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.-Así es -dijo George.-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.-Seguro.-Así que eres un chico vivo, ¿no?-Seguro -respondió George.-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?-Adams.-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.-¿No te acuerdas?-Jamón con huevos.-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.-Nada.-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.George se rió.-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?-Está bien -dijo George.-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.-¿Por? -preguntó Nick.-Porque sí.-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.-¿Qué se proponen? -preguntó George.-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?-El negro.-¿El negro? ¿Cómo el negro?-El negro que cocina.-Dile que venga.-¿Qué se proponen?-Dile que venga.-¿Dónde se creen que están?-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.-¿Qué le van a hacer?-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?George abrió la portezuela de la cocina y llamó:-Sam, ven un minutito.El negro abrió la puerta de la cocina y salió.-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?-¿De qué se trata todo esto?-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.-¿De qué crees que se trata?-No sé.-¿Qué piensas?Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.-No lo diría.-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?George no respondió.-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?-Sí.-Viene a comer todas las noches, ¿no?-A veces.-A las seis en punto, ¿no?-Si viene.-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?-De vez en cuando.-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?-Uno nunca sabe.-En un convento judío. Ahí estuviste tú.George miró el reloj.-Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?-Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media.-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.A las siete menos cinco George habló:-Ya no viene.Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.-Vamos, Al -insistió Max.-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?-No va a haber problemas con ellos.-¿Estás seguro?-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme.Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.-¿A Ole Andreson?-Sí, a él.El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.-¿Ya se fueron? -preguntó.-Sí -respondió George-, ya se fueron.-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.-Está bien.-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.-Si no quieres no vayas -dijo George.-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?El cocinero se alejó.-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.-Voy para allá.Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.-¿Está Ole Andreson?-¿Quieres verlo?-Sí, si está.Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.-¿Quién es?-Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer.-Soy Nick Adams.-Pasa.Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.-¿Qué pasa? -preguntó.-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.-Le voy a decir cómo eran.-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.-No es nada.Nick miró al grandote que yacía en la cama.-¿No quiere que vaya a la policía?-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.-¿No hay nada que yo pueda hacer?-No. No hay nada que hacer.-Tal vez no lo dijeron en serio.-No. Lo decían en serio.Ole Andreson volteó hacia la pared.-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.-¿No podría escapar de la ciudad?-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.Seguía mirando a la pared.-Ya no hay nada que hacer.-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas.-No quiere salir.-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?-Sí, ya sabía.-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.-Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick.-Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.-Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick.-Buenas noches -dijo la mujer.Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.-¿Viste a Ole?-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.-¿Qué va a hacer?-Nada.-Lo van a matar.-Supongo que sí.-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.-Supongo -dijo Nick.-Es terrible.-Horrible -dijo Nick.Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.
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la coartada perfecta, patricia highsmith
La multitud se arrastraba como un monstruo ciego y sin mente hacia la entrada del metro. Los pies se deslizaban hacia adelante unos pocos centímetros, se paraban, volvían a deslizarse. Howard odiaba las multitudes. Le hacían sentir pánico. Su dedo estaba en el gatillo, y durante unos segundos se concentró en no permitir que lo apretara, pese a que se había convertido en un impulso casi incontrolable.Había descosido el fondo del bolsillo de su sobretodo, y ahora sujetaba la pistola en ese bolsillo con su mano enguantada. Las bajas y anchas espaldas de George estaban a menos de medio metro frente a él, pero había un par de personas entre medio. Howard giró los hombros y se encajó en el espacio entre un hombre y una mujer, empujando ligeramente al hombre.Ahora estaba inmediatamente detrás de George, y la parte delantera de su sobretodo desabrochado rozaba la espalda del abrigo del otro. Howard niveló la pistola en su bolsillo. Una mujer golpeó su brazo derecho, pero mantuvo firme la puntería contra la espalda de George, con los ojos fijos en su sombrero de fieltro. Una voluta del humo del cigarro del otro hombre se enroscó en las fosas nasales de Howard, familiar y nauseabunda. La entrada del metro estaba a tan sólo un par de metros. Dentro de los próximos cinco segundos, se dijo Howard, y al mismo tiempo su mano izquierda se movió para echar hacia atrás el lado derecho de su sobretodo, hizo un movimiento incompleto, y una décima de segundo más tarde la pistola disparó.Una mujer chilló.Howard dejó caer la pistola a través del abierto bolsillo.La multitud había retrocedido ante la explosión del arma, arrastrando a Howard consigo. Unas cuantas personas se agitaron ante él, pero por un instante vio a George en un pequeño espacio vacío en la acera, tendido de lado, con el delgado cigarro a medio fumar aún sujeto entre sus dientes, que Howard vio desnudos por un instante, luego cubiertos por el relajarse de su boca.-¡Le han disparado! -gritó alguien.-¿Quién?-¿Dónde?La multitud inició un movimiento hacia adelante con un rugir de curiosidad, y Howard fue arrastrado hasta casi donde estaba tendido George.-¡Échense atrás! ¡Van a pisotearlo! -gritó una voz masculina.Howard fue hacia un lado para librarse de la multitud y bajó las escaleras del metro. El rugir de voces en la acera fue reemplazado de pronto por el zumbido de la llegada de un tren. Howard rebuscó mecánicamente algo de cambio y sacó una moneda. Nadie a su alrededor parecía haberse dado cuenta de que había un hombre muerto tendido en la parte de arriba de las escaleras. ¿No podía usar otra salida para volver a la calle e ir en busca de su coche? Lo había aparcado apresuradamente en la Treinta y cinco, cerca de Broadway. No, podía tropezar con alguien que lo hubiera visto cerca de George en la multitud. Howard era muy alto. Destacaba. Podía recoger el coche un poco más tarde. Miró su reloj. Exactamente las 5:54.Cruzó la estación y tomó un tren hacia el norte. Sus oídos eran muy sensibles al ruido, y normalmente el chirrido del acero sobre acero era una tortura intolerable para él; pero ahora, mientras permanecía de pie sujeto a una de las correas, apenas escuchaba el insoportable ruido y se sentía agradecido por la despreocupación de los pasajeros que leían el periódico a su alrededor. Su mano derecha, aún en el bolsillo de su sobretodo, tanteó automáticamente el descosido fondo. Esta noche tenía que volver a coserlo, se recordó. Bajó la vista a la parte delantera de la prenda y vio, con un repentino shock, casi con dolor, que la bala había abierto un agujero en el sobretodo. Sacó rápidamente su mano derecha y la colocó sobre el agujero, sin dejar de mirar el panel publicitario que tenía delante.Frunció intensamente el ceño mientras revisaba todo el asunto una vez más, intentando ver si había cometido algún error en alguna parte. Había abandonado el almacén un poco antes que de costumbre -a las 5:15- para poder estar en la calle Treinta y cuatro a las 5:30, cuando George abandonaba siempre su tienda. El señor Luther, el jefe de Howard, había dicho: «Hoy termina usted pronto, ¿eh, Howard?» Pero lo mismo había ocurrido algunas otras veces antes, y el señor Luther no pensaría en nada malo al respecto. Y había borrado todas las posibles huellas de la pistola, y también de las balas. Había comprado la pistola haría unas cinco semanas en Bennington, Vermont, y no había tenido que dar su nombre cuando lo hizo. No había vuelto a Bennington desde entonces. Creía que era realmente imposible que la policía pudiera llegar a encontrar el rastro del arma. Y nadie le había visto disparar aquel tiro, estaba seguro de ello. Había escrutado a su alrededor antes de meterse en el metro, y nadie miraba en su dirección.Howard tenía intención de ir hacia el norte unas cuantas estaciones, luego regresar y recoger su coche; pero ahora pensó que primero debía librarse del sobretodo. Demasiado peligroso intentar que cosieran un agujero como aquél. No tenía el aspecto de la quemadura de un cigarrillo, parecía exactamente lo que era. Debía apresurarse. Su coche estaba a menos de tres manzanas de donde había disparado a George. Probablemente sería interrogado esta noche acerca de George Frizell, porque la policía interrogaría con toda seguridad a Mary, y si ella no mencionaba su nombre, sus caseras -la de ella y la de George- sí lo harían. George tenía tan pocos amigos.Pensó en meter el sobretodo en alguna papelera en una estación del metro. Pero demasiada gente se daría cuenta de ello. ¿En una de la calle? Eso también parecía muy llamativo; después de todo, era un sobretodo casi nuevo. No, tenía que ir a casa y coger algo para envolverlo antes de poder tirarlo.Salió en la estación de la calle Setenta y dos. Vivía en un pequeño apartamento en la planta baja de un edificio de piedra marrón en la calle Setenta y cinco Oeste, cerca de la avenida West End. Howard no vio a nadie cuando entró, lo cual era estupendo porque podía decir, si era interrogado al respecto, que había vuelto a casa a las 5:30 en vez de casi a las 6:00. Tan pronto hubo entrado en su apartamento y encendido la luz, Howard supo lo que haría con el sobretodo: quemarlo en la chimenea. Era lo más seguro.Sacó algunas monedas y un aplastado paquete de cigarrillos del bolsillo izquierdo del sobretodo, se quitó la prenda y la tiró sobre el sofá. Entonces cogió el teléfono y marcó el número de Mary.Respondió al tercer timbrazo.-Hola, Mary -dijo-. Hola. Ya está hecho.Un segundo de vacilación.-¿Hecho? ¿De veras, Howard? No estarás...No, no estaba bromeando. No sabía qué otra cosa decirle, qué otra cosa se atrevía a decir por teléfono.-Te quiero. Cuídate, querida -dijo con voz ausente.-¡Oh, Howard! -Se echó a llorar.-Mary, probablemente la policía hablará contigo. Quizá dentro de unos pocos minutos. -Crispó la mano en el auricular, deseoso de rodear a la mujer con sus brazos, de besar sus mejillas que ahora debían estar húmedas de lágrimas-. No me menciones, querida..., simplemente no lo hagas, te pregunten lo que te pregunten. Todavía tengo que hacer algunas cosas y he de apresurarme. Si tu casera me menciona, no te preocupes por ello, puedo arreglarlo..., pero tú no lo hagas primero. ¿Has entendido? -Se daba cuenta de que le estaba hablando de nuevo como si fuera una niña, y de que eso no era bueno para ella; pero éste no era el mejor momento para estar pensando en lo que era bueno para ella y lo que no-. ¿Has entendido, Mary?-Sí -dijo ella, con un hilo de voz.-No estés llorando cuando venga la policía, Mary. Lávate la cara. Tienes que tranquilizarte... -Se detuvo-. Ve a ver una película, amor, ¿quieres? ¡Sal antes de que llegue la policía!-Está bien.-¡Prométemelo!-De acuerdo.Colgó y se dirigió a la chimenea. Arrugó algunas hojas de periódico, puso un poco de leña encima y encendió una cerilla.Ahora se alegró de haber comprado algo de leña para Mary, se alegró de que a Mary le gustara el fuego de la chimenea, porque él llevaba meses viviendo allí antes de conocer a Mary y nunca había pensado en encender el fuego.Mary vivía directamente al otro lado de la calle frente a George, en la Dieciocho Oeste. Lo primero que haría la policía sería lógicamente ir a casa de George e interrogar a su casera, porque George vivía solo y no había a nadie más a quién interrogar. La casera de George... Howard recordaba unos breves atisbos de ella inclinada fuera de su ventana el verano pasado, delgada, pelo gris, espiando con una horrible intensidad lo que hacía todo el mundo en la casa..., indudablemente le diría a la policía que había una chica al otro lado de la calle con la que el señor Frizell pasaba mucho tiempo. Howard sólo esperaba que la casera no lo mencionara inmediatamente a él, porque era lógico que supusiera que el joven con el coche que acudía a ver a Mary tan a menudo era su novio, y era lógico que sospechara la existencia de un sentimiento de celos entre él y George. Pero quizá no lo mencionara. Y quizá Mary estuviese fuera de la casa cuando llegara la policía.Hizo una momentánea pausa, tenso, en el acto de echar más madera al fuego. Intentó imaginar exactamente lo que Mary sentía ahora, tras saber que George Frizell estaba muerto. Intentó sentir lo mismo él, a fin de poder predecir su comportamiento, a fin de poder ser capaz de confortarla mejor. ¡Confortarla! ¡Lo había liberado de un monstruo! Debería sentirse regocijada. Pero sabía que al principio se sentiría destrozada. Conocía a George desde que era una niña. George había sido el mejor amigo de su padre... pero cuál hubiera sido el comportamiento de George con otro hombre era algo que Howard sólo podía suponer; cuando el padre de ella murió, George, soltero, se había hecho cargo de Mary como si fuera su padre. Pero con la diferencia de que controlaba todos sus movimientos, la convenció de que no podía hacer nada sin él, la convenció de que no debía casarse con nadie que él desaprobara. Lo cual era todo el mundo. Howard, por ejemplo. Mary le había dicho que había habido otros dos jóvenes antes a los que George había arrojado de su vida.Pero Howard no había sido arrojado. No había caído en las mentiras de George de que Mary estaba enferma, de que Mary estaba demasiado cansada para salir o para ver a nadie. George había llegado a llamarlo varias veces e intentado romper sus citas..., pero él había ido a su casa y la había sacado muchas tardes, pese al terror que ella sentía de la furia de George. Mary tenía veintitrés años, pero George había conseguido que siguiera siendo una niña. Mary tenía que ir con George incluso para comprar un vestido nuevo. Howard no había visto nada como aquello en su vida. Era como un mal sueño, o algo en una historia fantástica que era demasiado inverosímil para creerlo. Howard había supuesto que George estaba enamorado de ella de alguna extraña manera, y se lo había preguntado a Mary poco después de conocerla, pero ella le había dicho: «¡Oh, no! ¡Jamás me ha tocado, nunca!» Y era completamente cierto que George nunca la había tocado siquiera. En una ocasión, mientras se decían adiós, George había rozado sin querer su hombro, y había saltado hacia atrás como si acabara de quemarse y había dicho: «¡Disculpa!» Era muy extraño.Sin embargo, era como si George hubiera encerrado la mente de Mary en alguna parte... como una prisionera de su propia mente, como si no tuviera mente propia. Howard no podía expresarlo en palabras. Mary tenía unos ojos blandos y oscuros que miraban de una forma trágica e impotente, y esto hacía que a veces se sintiera como loco al respecto, lo bastante loco como para enfrentarse a la persona que le había hecho aquello a la muchacha. Y la persona era George Frizell. Howard nunca podría olvidar la mirada que le lanzó George cuando Mary los presentó, una mirada superior, sonriente, de suficiencia, que parecía decir: «Puedes intentarlo. Sé que vas a intentarlo. Pero no vas a llegar muy lejos.»George Frizell había sido un hombre bajo y fornido con una pesada mandíbula y densas cejas negras. Tenía una pequeña tienda en la calle Treinta y seis Oeste, donde se especializaba en reparar sillas, pero a Howard le parecía que no tenía otro interés en la vida más que Mary. Cuando estaba con ella se concentraba sólo en ella, como si estuviera ejerciendo algún poder hipnótico sobre ella, y Mary se comportaba como si estuviera hipnotizada. Estaba completamente dominada por George. Siempre estaba mirándolo, observándolo por encima del hombro para ver si aprobaba lo que estaba haciendo, aunque sólo estuviera sacando unas chuletas del horno.Mary amaba a George y lo odiaba al mismo tiempo. Howard había sido capaz de conseguir que odiara a George, hasta cierto punto..., y luego ella se ponía de pronto a defenderlo de nuevo.-Pero George fue tan bueno conmigo después de que mi padre muriera, cuando estaba completamente sola, Howard -protestaba. Y así habían derivado durante casi un año, con Howard intentando eludir a George y ver a Mary unas cuantas veces a la semana, con Mary vacilando entre continuar viéndolo o romper con él porque tenía la sensación de que le estaba haciendo demasiado daño.-¡Quiero casarme contigo! -le había dicho Howard una docena de veces, cuando Mary se había sumido en sus agónicos accesos de autocondenacíón. Nunca había conseguido hacerle comprender que haría cualquier cosa por ella.-Yo también te quiero, Howard -le había dicho ella muchas veces, pero siempre con una tristeza trágica que era como la tristeza de un prisionero que no puede hallar una forma de escapar. Pero había una forma de liberarla, una forma violenta y definitiva. Howard había decidido seguirla...Ahora estaba de rodillas delante de la chimenea, intentando romper el sobretodo en trozos lo bastante pequeños como para que ardieran bien. La tela resultaba extremadamente difícil de cortar, y las costuras casi igual de difíciles de desgarrar. Intentó quemarla sin cortarla, empezando con la esquina inferior, pero las llamas trepaban por el tejido hacia sus manos, mientras que el material en sí parecía tan resistente al fuego como el asbesto.Se dio cuenta de que tenía que cortarlo en trozos pequeños. Y el fuego debía ser más grande y más ardiente.Howard añadió más leña. Era una chimenea pequeña con una parrilla de hierro abombada y no mucho fondo, de modo que los trozos de madera que había puesto asomaban por delante más allá del borde de la parrilla. Atacó de nuevo el sobretodo con las tijeras. Pasó varios minutos tan sólo para desprender una manga. Abrió una ventana para conseguir que el olor de la tela quemada saliera de la habitación.El sobretodo completo le ocupó casi una hora porque no podía poner mucho a la vez sin ahogar el fuego. Contempló el último trozo empezar a humear en el centro, observó las llamas abrirse camino y lamer un círculo que se iba haciendo más grande. Estaba pensando en Mary, veía su blanco rostro dominado por el miedo cuando llegara la policía, cuando le comunicaran por segunda vez la muerte de George. Intentaba imaginar lo peor, que la policía había llegado justo después de que él hablara con ella, y que ella había cometido algún imperdonable error, había revelado a la policía lo que ya sabía de la muerte de George, pero era incapaz de decirles quién se lo había comunicado; imaginó que en su histeria pronunciaba su nombre, Howard Quinn, como el del hombre que podía haberlo hecho.Se humedeció los labios, aterrado de pronto por el convencimiento de que no podía confiar en Mary. La amaba -estaba seguro de ello-, pero no podía confiar en ella.Por un alocado y ciego momento, sintió deseos de correr a la calle Dieciocho Oeste para estar con ella cuando llegara la policía. Se vio a sí mismo enfrentarse desafiante a los agentes, con su brazo rodeando los hombros de Mary, respondiendo a todas las preguntas, parando cualquier sospecha. Pero eso era una locura. El simple hecho de que estuvieran allí, en el apartamento de ella, juntos...Oyó una llamada a su puerta. Un momento antes había visto con el rabillo del ojo a alguien entrar por la puerta delantera del edificio, pero no había pensado que pudieran acudir a verlo a él. De pronto empezó a temblar.-¿Quién es? -preguntó.-La policía. Estamos buscando a Howard Quinn. ¿Es éste el apartamento Uno A?Howard miró al fuego. El sobretodo había ardido por completo, del último trozo no quedaban más que unas brillantes ascuas. Y ellos no estarían interesados en la prenda, pensó. Sólo habían venido para hacerle unas preguntas, como se las habían hecho a Mary. Abrió la puerta y dijo:-Yo soy Howard Quinn.Eran dos policías, uno bastante más alto que el otro. Entraron en la habitación. Howard vio que ambos miraban a la chimenea. El olor a tela quemada flotaba todavía en la habitación.-Supongo que sabe usted por qué estamos aquí -dijo el agente más alto-. Quieren verlo en comisaría. Será mejor que venga con nosotros-. Miró fijamente a Howard. No era una mirada amistosa.Por un momento Howard creyó que iba a desvanecerse. Mary debía de habérselo contado todo, pensó; todo.-Está bien -dijo.El agente más bajo tenía los ojos fijos en la chimenea.-¿Qué ha estado quemando aquí? ¿Tela?-Sólo un viejo..., unas viejas prendas -dijo Howard.Los policías intercambiaron una mirada, una especie de señal regocijada, y no dijeron nada. Parecían tan seguros de su culpabilidad, pensó Howard, que no necesitaban hacer preguntas. Habían supuesto que había quemado su sobretodo y por qué lo había quemado. Howard tomó su trinchera del armario y se la puso.Salieron de la casa y bajaron los escalones delanteros hacia un coche del Departamento de Policía aparcado junto al bordillo.Howard se preguntó qué le estaría ocurriendo a Mary ahora. No había tenido intención de traicionarlo, estaba seguro de ello. Quizás había sido un desliz accidental después de que la policía la interrogara e interrogara hasta hacer que se derrumbase. 0 quizás ella se había mostrado tan trastornada cuando llegaron que lo dijo todo antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. Howard se maldijo a sí mismo por no haber tomado más precauciones respecto a Mary, por no haberla enviado fuera de la ciudad. La noche anterior le había dicho a Mary que iba a hacerlo hoy, así que no debería haber resultado una impresión tan grande para ella. ¡Qué estúpido había sido! ¡Qué poco la comprendía realmente después de todos sus esfuerzos por conseguirlo! ¡Cuánto mejor habría sido si hubiera matado a George sin decirle a ella nada en absoluto!El coche se detuvo, y salieron. Howard no había prestado atención al lugar al que se dirigían, y no intentó verlo ahora. Había un gran edificio delante de él, y cruzó una puerta con los dos agentes y desembocó en una habitación parecida a una pequeña sala de tribunal donde un agente de policía estaba sentado tras un alto escritorio, como un juez.-Howard Quinn -anunció uno de los policías.El agente en el escritorio alto lo miró desde arriba con interés.-Howard Quinn. El joven de la prisa terrible -dijo con una sonrisa sarcástica-. ¿Es usted el Howard Quinn que conoce a Mary Purvis?-Sí.-¿Y a George Frizell?-Sí -murmuró Howard.-Eso pensé. Su dirección coincide. He estado hablando con los chicos de homicidios. Desean formularle algunas preguntas. Parece que también tiene problemas allí. Para usted ha sido una tarde ajetreada, ¿eh?Howard no acababa de comprender. Miró a su alrededor en busca de Mary. Había otros dos policías sentados en un banco contra la pared, y un hombre con un traje raído dormitando en otro banco; pero Mary no estaba en la habitación.-¿Sabe por qué está usted aquí esta noche, señor Quinn? -preguntó el agente en tono hostil.-Sí -Howard miró a la base del alto escritorio. Sentía como si algo en su interior se estuviera derrumbando, un armazón que lo había sostenido durante las últimas horas, pero que había sido imaginario todo el tiempo..., su sensación de que tenía un deber que cumplir matando a George Frizell, que así liberaba a la muchacha a la que amaba y que le amaba, que liberaba al mundo de un hombre malvado, horrible y monstruoso. Ahora, bajo los fríos ojos profesionales de los tres policías, Howard podía ver lo que había hecho tal como lo veían ellos..., como el arrebatar una vida humana, ni más ni menos. ¡Y la muchacha por quien lo había hecho lo había traicionado! Lo deseara o no, Mary lo había traicionado. Howard se cubrió los ojos con una mano.-Puede que esté trastornado por el asesinato de alguien a quien conocía, señor Quinn, pero a las seis menos cuarto no sabía usted nada de eso... ¿o sí lo sabía, por alguna casualidad? ¿Era por eso por lo que tenía tanta prisa para llegar a su casa o a donde fuera?Howard intentó imaginar lo que el agente quería decir. Su cerebro parecía paralizado. Sabía que había disparado a George casi exactamente a las 5:43. ¿Estaba siendo sarcástico el agente? Howard lo miró. Era un hombre de unos cuarenta años, con un rostro rechoncho y alerta. Sus ojos eran desdeñosos.-Estaba quemando alguna ropa en su chimenea cuando entramos, capitán -dijo el policía más bajo que estaba de pie al lado de Howard.-¿Oh? -dijo el capitán-. ¿Por qué quemaba usted ropa?Lo sabía muy bien, pensó Howard. Sabía lo que había quemado y por qué, del mismo modo que lo sabían los dos agentes de policía.-¿Qué ropa estaba quemando? -preguntó el capitán.Howard siguió sin decir nada. La irónica pregunta lo enfurecía y avergonzaba al mismo tiempo.-Señor Quinn -dijo el capitán en un tono más fuerte-, a las seis menos cuarto de esta tarde atropelló usted a un hombre con su coche en la esquina de la Octava Avenida y la calle Sesenta y ocho y se dio a la fuga. ¿Es eso correcto?Howard alzó la vista hacia él, sin comprender.-¿Se dio cuenta usted de que había atropellado a alguien, sí o no? -preguntó el capitán, con voz más fuerte aún.Estaba allí por otra cosa, se dio cuenta de pronto Howard. ¡Atropellar a alguien con el coche y salir huyendo!-Yo... no...-Su víctima no ha muerto, si eso le hace más fácil el hablar. Pero eso no es culpa suya. Ahora se halla en el hospital con una pierna rota..., un hombre viejo que no puede permitirse pagar un hospital. -El capitán le miró con el ceño fruncido-. Creo que deberíamos llevarlo a verle. Supongo que sería bueno para usted. Ha cometido uno de los delitos más vergonzosos de los que puede culparse a un hombre..., atropellar a alguien y no detenerse a auxiliarlo. De no ser por una mujer que se apresuró a tomar el número de su matrícula, tal vez no lo hubiéramos atrapado nunca.Howard comprendió de pronto.La mujer había cometido un error, quizá sólo un número en la matrícula.... pero le había proporcionado una coartada. Si no lo aceptaba, estaba perdido. Había demasiado contra él, aunque Mary no hubiera dicho nada.... el hecho de que hoy había abandonado el almacén antes de lo habitual, la maldita coincidencia de la llegada de la policía justo cuando estaba quemando el sobretodo. Howard alzó la vista al furioso rostro del capitán.-Estoy dispuesto a ir a ver a ese hombre -dijo con voz contrita.-Llévenlo al hospital -dijo el capitán a los dos policías-. Cuando vuelva, los chicos de homicidios ya estarán aquí. E incidentalmente, señor Quinn, se le exigirá una fianza de cinco mil dólares. Si no quiere pasar aquí la noche, será mejor que los consiga. ¿Quiere intentar conseguirlos esta noche?El señor Luther, su jefe, podía conseguirlos para él aquella misma noche, pensó Howard.-¿Puedo hacer una llamada telefónica?El capitán hizo un gesto hacia un teléfono en una mesa contra la pared.Howard buscó el número del señor Luther en la guía que había sobre la mesa y lo marcó. Respondió la señora Luther. Howard la conocía un poco, pero no se entretuvo en educados intercambios de banalidades y preguntó si podía hablar con el señor Luther.-Hola, señor Luther -dijo-. Querría pedirle un favor. He tenido un mal accidente con el coche. Necesito cinco mil dólares de fianza... No, no estoy herido, pero.... ¿podría extender para mi un cheque y enviarlo con un mensajero?-Traeré el cheque yo mismo -dijo el señor Luther-. Usted quédese tranquilo ahí. Pondré al abogado de la compañía en el asunto si necesita usted ayuda. No acepte ningún abogado que le ofrezcan, Howard. Tenemos a Lyles, ya sabe.Howard le dio las gracias. La lealtad del señor Luther lo azoraba. Le pidió al agente de policía que estaba a su lado cuál era dirección de la comisaría y se la dio a su jefe. Luego colgó y salió con los dos policías que lo habían estado aguardando.Se dirigieron a un hospital en la Setenta Oeste. Uno de los policías preguntó en recepción dónde estaba Louis Rosasco, 1uego subieron en el ascensor.El hombre estaba en una habitación para él solo, con la cama levantada y la pierna escayolada y suspendida por cuerdas del lecho. Era un hombre canoso de unos sesenta y cinco o setenta años, con un rostro largo y curtido y oscuros y hundidos ojos que parecían extremadamente cansados.-Señor Rosasco -dijo el agente de policía más alto-, éste es Howard Quinn, el hombre que lo atropelló.El señor Rosasco asintió sin mucho interés, aunque clavó sus ojos en Howard.-Lo siento mucho -dijo Howard torpemente-. Estoy dispuesto a pagar todas las facturas que le ocasione el accidente, puede estar seguro de ello. -El seguro de su coche se ocuparía de la factura del hospital, pensó. Luego estaba el asunto de la multa del tribunal.... al menos mil dólares cuando todo hubiera terminado, pero se las arreglaría con algunos préstamos.El hombre en la cama seguía sin decir nada. Parecía atontado por los sedantes.El agente que los había presentado se mostró insatisfecho de que no tuvieran nada que decirse el uno al otro.-¿Reconoce a este hombre, señor Rosasco?El señor Rosasco negó con la cabeza.-No vi al conductor. Todo lo que vi fue un gran coche negro que se lanzaba sobre mí -dijo lentamente-. Me golpeó un lado de la pierna...Howard encajó los dientes y aguardó. Su coche era verde, verde claro. Y no era particularmente grande.-Era un coche verde, señor Rosasco -dijo el policía más bajo con una sonrisa. Estaba comprobando una pequeña ficha amarilla que había sacado de su bolsillo-. Un sedán Pontiac verde. Cometió usted un error.-No, era un coche negro -dijo positivamente el señor Rosasco.-No. Su coche es verde, ¿no es así, Quinn?Howard asintió una sola vez, rígido.-A las seis empezaba a ser oscuro. Probablemente no pudo verlo usted muy bien -dijo alegremente el policía al señor Rosasco.Howard miró al señor Rosasco y contuvo el aliento. Por un momento el señor Rosasco miró a los dos agentes, con el ceño fruncido, desconcertado, y luego su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada. Estaba dispuesto a dejarlo correr. Howard se relajó un poco.-Creo que será mejor que duerma un poco, señor Rosasco -dijo el agente más bajo-. No se preocupe por nada. Nosotros nos ocuparemos de todo.Lo último que vio Howard de la habitación fue el cansado y marchito perfil del señor Rosasco en la almohada, con los ojos cerrados.El recuerdo de su rostro permaneció con Howard mientras bajaban al vestíbulo. Su coartada...Cuando llegaron de vuelta a la comisaría el señor Luther ya había llegado, y también un par de hombres con ropas civiles..., los hombres de homicidios, supuso Howard. El señor Luther se dirigió hacia Howard, con su redondo y sonrosado rostro preocupado.-¿Qué es todo esto? -preguntó-. ¿Realmente atropelló usted a alguien y se dio a la fuga?Howard asintió, con rostro avergonzado.-No estaba seguro de haberle alcanzado. Hubiera podido pararme... pero no lo hice.El señor Luther lo miró con ojos llenos de reproche, pero iba a permanecer leal, pensó Howard.-Bien, ya les he dado el cheque de su fianza -dijo.-Gracias, señor.Uno de los hombres con ropas civiles se dirigió hacia Howard. Era un hombre esbelto, con penetrantes ojos azules y un rostro delgado.-Tengo algunas preguntas que hacerle, señor Quinn. ¿Conoce usted a Mary Purvis y a George Frizell?-Sí.-¿Puedo preguntarle dónde estaba usted esta noche a las seis menos veinte?-Estaba..., iba en mi coche hacia el norte. Desde los almacenes donde trabajo en la Cincuenta y tres y la Séptima Avenida a mi apartamento en la calle Setenta y cinco.-¿Y atropelló a un hombre a las seis menos cuarto?-Lo hice -admitió Howard.El detective asintió con la cabeza.-¿Sabe que alguien disparó contra George Frizell esta tarde exactamente a las seis menos dieciocho minutos?El detective sospechaba de él, pensó Howard. ¿Qué les habría dicho Mary? Si tan sólo supiera... Pero el capitán de la policía no había dicho específicamente que Frizell hubiera sido tiroteado. Howard juntó las cejas.-No -dijo.-Pues así fue. Hablamos con su novia. Ella dice que lo hizo usted.El corazón de Howard se detuvo por un momento. Miró los interrogantes ojos del detective.-Eso simplemente no es cierto.El detective se encogió de hombros.-Está muy histérica. Pero también está muy segura.-¡Eso no es cierto! Salí del almacén, allí es donde trabajo, alrededor de las cinco. Tomé el coche... -Su voz se quebró. Era Mary quien lo estaba hundiendo... Mary.-Usted es el novio de Mary Purvis, ¿no? -insistió el detective.-Sí -respondió Howard-. No puedo..., ella tiene que estar...-¿Quería usted apartar a Frizell del camino?-Yo no lo maté. ¡No tengo nada que ver con ello! ¡Ni siquiera sabía que hubiera muerto! -balbuceó.-Frizell veía a Mary muy a menudo, ¿no? Eso es lo que me han dicho las dos caseras. ¿Pensó alguna vez que podían estar enamorados el uno del otro?-No. Por supuesto que no.-¿No estaba usted celoso de George Frizell?-En absoluto.Las arqueadas cejas del detective descendieron y se juntaron en el centro. Todo su rostro fue un signo de interrogación.-¿No? -preguntó, sarcástico.-Escuche, Shaw -dijo el capitán de la policía, al tiempo que se ponía en pie detrás de su escritorio-. Sabemos dónde estaba Quinn a las seis menos cuarto. Puede que sepa quién lo hizo, pero no lo hizo él.-¿Sabe usted quién lo hizo, señor Quinn? -preguntó el detective.-No, no lo sé.-El capitán McCaffery me dice que estaba quemando usted algunas ropas en su chimenea esta noche. ¿Estaba quemando un sobretodo?Howard agitó la cabeza en un desesperado signo de asentimiento.-Estaba quemando un gabán, y una chaqueta también. Estaban llenos de polillas. No los quería más tiempo en mi armario.El detective apoyó un pie en una silla de respaldo recto y se inclinó más hacia Howard.-Eran unos momentos más bien curiosos de quemar un gabán, ¿no cree? ¿Justo después de atropellar a un hombre con su coche y quizá matarlo? ¿Qué gabán estaba quemando.? ¿El del asesino? ¿Tal vez porque tenía un agujero de bala en él?-No -dijo Howard.-¿No arregló usted las cosas para que alguien matara a Frizell? ¿Alguien que le trajo ese gabán para que se desembarazara de él?-No -Howard miró al señor Luther, que estaba escuchando atentamente. Se envaró.-¿No mató usted a Frizell, saltó a su coche y corrió a su casa, atropellando a un hombre por el camino?-Shaw, eso es imposible -intervino el capitán McCaffery-. Tenemos la hora exacta en que ocurrió. ¡No puedes ir de la Treinta y cuatro y la Séptima hasta la Sesenta y ocho y la Octava en tres minutos, no importa lo rápido que conduzcas! ¡Enfréntate a ello!El detective mantuvo los ojos clavados en Howard.-¿Trabaja usted para ese hombre? -preguntó; hizo un gesto con la cabeza hacia el señor Luther.-Sí.-¿A qué se dedica?-Soy el vendedor para Long Island de Artículos Deportivos William Luther. Contacto con las escuelas en Long Island, y también coloco nuestros artículos en los almacenes de ahí fuera. Informo al almacén de Manhattan a las nueve y a las cinco. -Recitó aquello como un loro. Sentía débiles las rodillas. Pero su coartada se mantenía..., como un muro de piedra.-Muy bien -dijo el detective. Bajó su pie de la silla y se volvió al capitán-. Todavía seguimos trabajando en el caso. La cosa aún está muy abierta para nuevas noticias, nuevos indicios. -Le sonrió a Howard, una fría sonrisa de despedida. Luego añadió-: Por cierto, ¿ha visto usted esto alguna vez antes? -Sacó su mano del bolsillo, con el pequeño revólver de Bennington en su palma.Howard lo miró con el ceño fruncido.-No, nunca lo había visto antes.El hombre volvió a guardarse el arma en el bolsillo.-Puede que deseemos hablar de nuevo con usted -dijo, con otra débil sonrisa.Howard sintió la mano del señor Luther sobre su brazo. Salieron a la calle.-¿Quién es George Frizell? -preguntó el señor Luther.Howard se humedeció los labios. Se sentía muy extraño, como si hubieran acabado de golpearle en la cabeza y su cerebro estuviera entumecido.-Un amigo de una amiga. Un amigo de una muchacha que conozco.-¿Y la muchacha? ¿Mary Purvis, dijo el policía? ¿Está usted enamorado de ella?Howard no respondió. Clavó la vista en el suelo mientras andaban.-¿Es la que lo ha acusado?-Sí -dijo Howard.La mano del señor Luther se apretó más alrededor de su brazo.-Creo que le iría bien un trago. ¿Entramos?Howard se dio cuenta de que estaban de pie frente a un bar. Abrió la puerta.-Ella estará probablemente muy trastornada -dijo el señor Luther-. A las mujeres les ocurre eso. Fue un amigo suyo al que dispararon, ¿no es cierto?Ahora era la lengua de Howard la que estaba paralizada, mientras que su cerebro giraba a toda velocidad. Estaba pensando que no iba a poder volver a trabajar para el señor Luther después de esto, que no podía engañar a un hombre como el señor Luther... El señor Luther seguía hablando y hablando. Howard tomó el pequeño vaso de licor y bebió la mitad de su contenido. El señor Luther le estaba diciendo que Lyles le sacaría de aquello lo más rápidamente que fuera posible.-Tiene que ser más cuidadoso, Howard. Es usted impulsivo. Siempre he sabido eso. Tiene sus lados buenos y malos, por supuesto. Pero esta noche..., tuve la sensación de que usted sabía que podía haber disparado a ese hombre.-Tengo que llamar por teléfono -dijo Howard-. Discúlpeme un minuto. -Se apresuró a la cabina de la parte de atrás del bar. Tenía que saber de ella. Mary tenía que estar ya en casa. Si no estaba en casa, iba a morirse allí mismo, dentro de la cabina telefónica. Estallaría.-¿Diga? -Era la voz de Mary, apagada y carente de vida.-Hola, Mary. Soy yo. No es posible..., ¿qué le dijiste a la policía?-Se lo conté todo -dijo Mary lentamente-. Que tú mataste a mi amigo.-¡Mary!-Te odio.-¡Mary, no lo dirás en serio! -exclamó. Pero sí lo decía en serio, y él lo sabía.-Yo lo quería y lo necesitaba, y tú lo mataste -dijo ella-. Te odio.Howard apretó los dientes y dejó que las palabras resonaran en su cerebro. La policía no iba a cogerlo. Ella no podría hacerle esto, al menos. Colgó.Luego permaneció de pie allí en la barra, mientras la tranquila voz del señor Luther seguía desgranando y desgranando palabras como si no se hubiera parado mientras Howard telefoneaba.-La gente tiene que pagar, eso es todo -estaba diciendo el señor Luther-. La gente tiene que pagar por sus errores y no cometerlos de nuevo... Ya sabe que pienso mucho en usted, Howard. Superará todo esto. -Hizo una pausa-. ¿Habló con la señorita Purvis?-No pude comunicarme con ella -dijo Howard.Diez minutos más tarde había dejado al señor Luther y se dirigía al centro de la ciudad en un taxi. Le había dicho al conductor que se detuviera en la Treinta y siete y la Séptima, para que en caso de ser seguido por la policía, pudiera simplemente caminar un poco desde allá hasta coger su coche.Bajó en la calle Treinta y siete, pagó al conductor y miró a su rededor. No vio ningún coche que pareciera estar siguiéndolo.Caminó en dirección a la calle Treinta y cinco. Los dos whiskys de centeno que se había tomado con el señor Luther le habían dado fuerzas. Caminó rápidamente, con la cabeza alzada, y sin embargo de una forma curiosa y aterradora, se sentía completamente perdido. Su Pontiac verde estaba aparcado junto al bordillo allá donde lo había dejado. Sacó las llaves y abrió la puerta.Tenía una multa.... la vio tan pronto como se sentó detrás del volante. Sacó la mano y la cogió de debajo del limpiaparabrisas. Una multa de aparcamiento.Un asunto insignificante, pensó, tan insignificante que sonrió. Mientras conducía hacia casa, se le ocurrió que la policía había cometido un error muy estúpido no retirándole su permiso de conducir cuando lo tuvieron en la comisaría, y empezó a reírse de ello. La multa estaba en el asiento a su lado. Parecía tan trivial, tan inocua comparada con lo que había pasado, que se rió de la multa también.Luego, casi con la misma brusquedad, sus ojos se llenaron de lágrimas. La herida que le había causado las palabras de Mary todavía estaba abierta, y sabía que aún no había empezado a dolerle. Y, antes de que empezara a doler, intentó fortalecerse. Si Mary se obstinaba en acusarlo, él insistiría en que fuera examinada por un psiquiatra. No estaba cuerda del todo, siempre lo había sabido. Había intentado llevarla a un psiquiatra por lo de George, pero ella siempre se había negado. No tenía la menor posibilidad con sus acusaciones, porque él tenía una coartada, una coartada perfecta. Pero si ella insistía...Había sido Mary quien en realidad lo había animado a matar a George, ahora estaba seguro de ello. Había sido ella quien había metido la idea en su cabeza con un millar de cosas que había ido insinuando. No hay salida a esta situación, Howard, a menos que él muera. Así que él lo había matado -por ella-, y Mary se había vuelto contra él. Pero la policía no iba a cogerlo.Había un espacio para aparcar de casi cinco metros cerca de su casa y Howard deslizó el coche junto al bordillo. Lo cerró y fue a su casa.El olor a tela quemada flotaba aún en su apartamento, y lo sorprendió, porque tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo. Estudió la multa de aparcamiento de nuevo, ahora bajo una mejor luz.Y supo de pronto que su coartada había desaparecido tan bruscamente como apareció.La multa le había sido impuesta exactamente a las 5:45.El corazónde VoltairePulse aquíEscríbanosCiudadSeva.com
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Tan pronto como el Banco City State de Oakland abrió sus puertas esta mañana, un bandido sin el rostro cubierto, encerrando al gerente y a los empleados en la bóveda, huyó con el contenido de la caja fuerte.No había clientes en el banco en ese momento, la puerta delantera acababa de ser abierta hacía escasos minutos. El ladrón penetró al banco con toda calma, sacó un revólver y encerró al presidente del banco Milton Beecroft, al cajero James K. Kirkbride y a la secretaria, la señorita Marcela Redgray en la bóveda, no sin antes asegurarles amablemente que no sufrirían daños si le hacían caso. Tras cerrar la puerta, el bandido abandonó el banco con 25, 000 dólares en billetes de varias denominaciones. En el mismo anaquel de donde tomó el dinero había trescientos dólares en plata que no tocó, en la caja se encontraba también una importante cantidad de dinero en billetes que pasó por alto. Media hora más tarde, Beecroft logró abrir la bóveda utilizando un destornillador (que se conservaba dentro de ella para ese propósito) con el que forzó la combinación desde el interior. Se cree que el ladrón huyó utilizando un automóvil que fue visto aparcado en el vecindario. Se le describe como de cerca de 30 años, bajo y musculoso, vestido con un traje oscuro, camisa caqui y gorra. Oficiales de la policía asignados al caso, son de la opinión de que esa ropa era usada para crear una cortina de humo, porque los modales del sujeto eran los de un hombre culto y refinado."—¡Qué demonios! —exclamó Pete—. Tienes que ponerte sombrero de copa para estos tipos. ¿Qué es urbanidad?—Todo eso es basura —protestó Itchy calurosamente—. No dije ninguna tontería como esas que ponen ahí. No sé de dónde sacaron tanta mierda. Entré, les di una buena muestra del revólver y les dije: "Métanse ahí adentro todos ustedes", señalando la caja fuerte. La secre me preocupó un minuto, sabes, era una de esas chaladas. Pensé que iba a tratar de ser graciosa, o a soltar un aullido, o algo. Tenía ese tipo de mirada en sus ojos. De manera que le dije, directo: "Anda, lánzate con estos tipos, hermana. No quiero tener que lastimarte". Lo hizo, les azoté la puerta encima, limpié la manija y adentro con todos. Eso fue todo lo que pasó. ¡Son estos malditos periódicos! Es igual que cuando dicen que saqué 25 billetes, cuando sólo fueron 18.La boca de Pete se abrió en una mueca como una forma de ansiosa defensa, una sonrisa que a pesar de su holgura no hizo que dejara de apretar los labios o les dio a éstos la más mínima flexibilidad.—Tienes que conseguirte un bastón, y uno de esos monóculos, no tiene caso hacer las cosas a medias. Es gracioso, nunca me enteré que me estaba asociando con un petimetre.Itchy miró ceñudamente a su socio y tomó otro periódico. En éste también se le había dado al robo un lugar de honor en la primera página, pero no se hablaba de la cortesía o suavidad del bandido. De manera que Itchy se lo leyó a Pete, y luego esa tercera versión periodística como las otras, fue objeto de adjetivos intranscribibles.Pero Pete no podía perder su humor.—Creo que mejor me pongo a trabajar en hacer la bazofia —dijo, mientras llevaba los paquetes que había traído junto con los periódicos hacia la estufa de gas que estaba en una esquina del cuarto—. No puedo dejar que estropees tus manos de pétalo cocinando. No es de "urbanidad".Itchy volvió a colocar sus pies sin calcetines en el antepecho de la ventana, se recostó en la silla y simuló indiferencia a las burlas que emitía su socio mientras se ajetreaba con las cacerolas. Se arrepentía de no haberse reído con Pete desde el principio. No tenía sentido haber dejado que Pete controlara el asunto: Pete haría una canción de todo esto. Ahora era muy tarde.Esos malditos periodistas, retorciendo las cosas, tratando de ser graciosos. "Con urbanidad", fuera lo que fuese eso, "amable", "culto", "refinado". Les mostraría. La próxima vez haría una salvajada, y a ver qué escribirían de eso. Y en cuanto a Pete (que ahora lo llamaba "Itchy el urbano") iba a ganarse una bofetada.¡Pero buena!En un automóvil robado esa mañana Itchy y Pete asaltaron el coche que había ido de la fábrica al banco y ahora estaba a mitad del camino de regreso. Condujeron en sentido prohibido, forzaron la marcha y se avalanzaron sobre el otro automóvil obligándolo a estrellarse contra la acera. Hubo un instante de excitación por parte de los tres hombres en el automóvil de la empresa, luego obediencia, y un saco de dinero, que debería usarse para la paga, cambió de automóvil. No quedaba nada más que hacer en el asalto que escapar.Itchy, sin embargo, no dio a Pete la orden de inmediato. Recordaba su promesa de hacer una burrada en la próxima actuación. Su reputación debía redimirse de la calumnia de que era un hombre gentil. Podía sacudir con facilidad su revólver en el rostro gordo del empleado de la fábrica que tenía más cerca, quizás sacarle algunos dientes a uno de ellos.Se dio vueltas en su asiento por unos instantes para encontrar un mejor punto de apoyo, y el aliento de Pete raspó sus oídos. Pete era un socio en quien se podía confiar completamente: no importaba qué tan aterrado pudiera estar Pete, se mantendría firme hasta el final, no lo estropearía. Pero Pete siempre estaba aterrado. Vivía su oficio sin placer, no tenía vocación. No sabía nada de la exaltación del poder del ladrón dispuesto a tomar lo que quería del mundo. El robo era para él exclusivamente un problema de la cantidad de dinero que se podía sacar, y aun eso era poco estimulante durante la presente operación. Y para Pete esta demora, cuando el trabajo estaba ya hecho, era agonía.Itchy, en el punto más alto de su orgullosa e imperturbable subnormalidad, encontraba una fuente de inspiración en el ronco jadeo a sus espaldas. Pete se había burlado de él con fiereza durante una semana completa por el asunto de Oakland, ¿o no? Lo había llamado dandy, ¿o no? Lo había llamado "Itchy el urbano". Ahora le tocaba a él gozarlo.—Me disculpo en grande —dijo Itchy a los empleados de la fábrica— por la necesidad de hacerles esto —recordando penosamente los términos de una carta que había recibido una vez de una agencia que recolectaba apoyos financieros—. Y espero, tengo la confianza, de que ustedes, muchachos, no harán nada de lo que tengan que arrepentirse.Pete había tenido suficiente, se inclinó sobre el volante y el automóvil salió disparado por Mission Street. Itchy todavía se inclinó sobre la ventanilla.—Les deseo un buen día.¿Eh, qué le había parecido a Pete eso?Pero Pete no dijo si le había gustado o no. No dijo nada, ni siquiera cuando se encontraban a salvo en casa. Hacia la tarde salió a comprar alimentos y no regresó. Había tomado su parte del botín. Pete e Itchy habían estado juntos casi un año, seis o siete meses en la carretera y los últimos compartiendo este cuarto en Ellis Street. Le gustaba Itchy, y asociado con él había prosperado como nunca. Pero había tenido algunas experiencias con hombres a los que volvía loco el éxito, y no tenía la menor intención de verse envuelto en el naufragio que se aproximaba.Itchy esperó una hora, y luego fue a la esquina a comprar comida y los periódicos. Entendió entonces por qué Pete no había abierto la boca sobre el asalto. Bueno, si a Pete no le gustaba su estilo, estaba bien. Podía encontrar otro socio, o quizás sería mejor que trabajara solo. Había estado haciendo casi todo el trabajo en solitario de cualquier manera, el trabajo pesado con la pistola, mientras Pete estaba ocupado con el automóvil.Itchy leyó los periódicos de la tarde antes de hacerse la comida. Ahora eran unánimes: el bandido, todos estaban de acuerdo, era el mismo que había robado el banco de Oakland, y era un caballero y un malechor, un hermano gemelo de esos suaves dandies de la ficción que tan fácilmente habían confundido a los mejores cerebros de varios continentes.Ficción, sabía Itchy, significaba cuentos, libros. Nunca había pensado que los cuentos tenían conexión con la realidad, ninguna relación con la vida; pero parecía que la tenían, y no sólo con la vida, sino con él. Los libros habían sido escritos acerca de hombres como él; eso era lo que los periódicos le decían.Hay un estrato de la sociedad criminal cuyos componentes (así sean bandidos o ladrones de cajas fuertes, estos últimos alguna vez predominantes, ahora en triste minoría) son básicamente vagabundos. Tienen toda la conciencia de casta de esos hombres errantes, todo el desagrado. La repulsión por formas más cómodas de vida. Frecuentemente los encontrarás en las ciudades, pero traen consigo todo el orgullo en su dureza, en su independencia, en su habilidad para hacer por sí mismos lo que necesite hacerse.El burdo mundo criminal de las ciudades rara vez los ve; son bastante misóginos y sus contactos con las mujeres son poco frecuentes y breves. Su refugio ideal en una ciudad es un piso en algún distrito de mala muerte; o si eso no es posible, un cuarto con una estufa, donde pueden vivir en libertad sin tener que ver con restaurantes, cocinas u otros ingenios de la civilización. Para decirlo rápidamente, son marginales, y ése es su orgullo. Y les gusta tratar a la ciudad como si no lo fuera, sino simplemente otra forma de campo.Itchy (que pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto releyendo sobre sus tres asaltos y dándole vueltas a la frase: "caballero malechor de ficción") era de esa tribu. Y su lugar entre ellos era el del primero entre todos. Era más duro que nadie, tan independiente como cualquier otro de las comodidades de una existencia menos dura tan hábil para cuidar de sí mismo.Pero no se trataba de que hubiera nacido para este tipo de vida. Si vas al fondo de las cosas, sus padres eran tan buenos como los mejores: si el viejo viviera aún, sería todavía un cartero con 25 años de servicio. No, sus padres no eran gente de desecho de ninguna manera. Y a Itchy se le había dado una buena educación antes de que soltara las amarras y se lanzara a la vida por su cuenta: había cursado los siete años de la escuela básica.De manera que si era un vagabundo, era por decisión propia, no porque como Pete, no sirviera para otra cosa. Podría hacer otras cosas si quisiera. Y a lo mejor sí quería hacerlas. Podría haber algo en esta historia del malechor—caballero. Si había gente que había escrito libros sobre ese...En una librería del centro, una vendedora le dijo a Itchy que tenía varias historias de ladrones de guante blanco, y le vendió cinco libros.Al principio los encontró fastidiosamente sin sentido. Después de todo, no tenían nada que ver con su vida. Cuatro de los libros, los apartó a un lado tras haber leído sólo parcialmente los primeros capítulos, pero al llegar al quinto, le encontró la gracia al asunto. Lo leyó completo, volvió sobre los otros, los leyó, y regresó a la librería por más.Los libros no eran totalmente satisfactorios. En principio, la mayoría tenía que ver con ladrones de casas. Y aunque estos tipos sin duda eran de una calaña superior, con sus vestidos y modales elegantes, sus brillantes respuestas y su deslumbrante audacia, Itchy no podía dejar de dedicarles una buena parte del desprecio que sentía por los ladrones de casas. Además, en la mayoría de las historias, el ladrón era al final descubierto y se revelaba como un detective que iba muy tontamente y con grandes problemas tras las joyas perdidas. Y, si realmente se trataba de un ladrón, estaba más que dispuesto a reformarse en los últimos capítulos, pero como usualmente mejoraba su condición financiera haciéndose el loco, no debería culpársele demasiado.Las muchachas con las que estos tipos tarde o temprano se veían envueltos, Itchy descubrió que le gustaban; y el que fueran muy diferentes de cualquier otra que hubiera conocido, las hacía más plausibles. Las mujeres con las que había estado en contacto de vez en cuando, ciertamente no eran ninguna maravilla, eso sin contar su pose tribal de misoginia. Pero éstas eran diferentes. Más bien como... bien, la muchacha de la librería estaba más en esa línea.Aunque dijeras lo que dijeras sobre los tipos de los libros (siempre eran sorprendidos mientras estaban trabajando, no tomaban las más simples precauciones, se mostraban innecesariamente simplones y sólo triunfaban gracias a los milagrosos favores de la suerte), tenían algo. Lograban grandes presas, eran admirados, lo gozaban, y la gente escribía sobre ellos... Toma por ejemplo, a ése que le dijo al detective: "Estoy cansado de ti, me aburres. Me hartas. Me exasperas. Desaparécete". No era un parlamento malo de ninguna manera. Imagina la mirada de un poli si le dices eso. Naturalmente había que estar bien seguro de que estabas bien sentado antes de tirarte un desplante como ése.Desde luego, no podías ir por ahí desperdiciando trabajos como hacían esos tipos; no eran buenos de una manera práctica. Pero un hombre que sabía su negocio y lo sabía bien, copiando sus modales, su ropa y su charla, no sólo aumentaría sus ganancias entrando en lugares que con menos brillo le resultarían prohibidos, sino que se divertiría mucho. A los periódicos les gustaba ese tipo de asunto también. Si no, miren qué montón de lío habían armado con dos asuntos suyos, y él ni siquiera había tratado de hacerlos muy bonitos.Otra visita a la librería agotó las existencias de novelas de ladrones de guante blanco, pero descubrió que lo que quería podía encontrarlo en un cine de vez en cuando y en las revistas frecuentemente.Se había vuelto atildado ahora. Su pelo estaba cuidadosamente cortado y alisado con un espeso fijador que compraba en grandes tarros; pasaba mucho tiempo en la silla de la barbería, o incluso había sometido sus manos a la manicura. No se había olvidado del sastre, de la sombrerería y de la zapatería.Leía en voz alta en las noches en su cuarto, y sentía que su lenguaje estaba mejorando. Cada día o cada dos visitaba la librería, aparentemente para preguntar por nuevos libros, pero realmente por el placer de la conversación con la empleada. Los libros podían darle las palabras correctas y la manera correcta de enlazarlas, pero no le podían dar la pronunciación. La empleada podía, y no sólo la pronunciación, sino también el acento correcto. Formaba las palabras en lo alto, en el techo de su boca y luego las enviaba rodando claramente en lo que sabía instintivamente era la forma correcta. Cuando regresaba al cuarto, repetía todo lo que ella le había dicho esmerándose en captar cada truco de pronunciación.Él iba a robar esa librería un día de estos, decidió. No habría demasiado dinero en el cajón (debería acordarse de llamarla caja registradora cuando hablara de ella) y, a mitad del distrito comercial, la tienda no estaba ubicada en un buen lugar para una huída rápida. Pero la empleada era la única persona que conocía a la que creía capaz de separar el fraude de la verdad, y por su actitud sabría el grado de su triunfo. Pero no lo haría por ahora, aún no estaba listo para una prueba tan severa, y además, estaría consiguiendo libros allí de tanto en tanto, no tenía sentido clausurar esa fuente de suministros.Pasó otro mes antes de que Itchy encargara ropa de noche. Todos los libros insistían en eso. No encargó sin embargo una chaqueta negra común. Sentía que ya que estaba dando ese paso, podía hacerlo de una manera decisiva, sin perderse en el laberinto de una formalidad — informalidad que una chaqueta negra ofrecía. El nombre dinner jacket lo había desconcertado por un tiempo. Pero con la ayuda de una afortunada ilustración en uno de los libros, había entendido que era simplemente el de la chaqueta de un smoking que podía ser comprada suelta, de manera que los pantalones más elegantes de un frac podrían tener un doble uso, una pequeña economía que podía haber hecho.Usó las ropas de gala cada noche a partir de su compra, lo que lo obligó a quedarse en casa por un tiempo, hasta que se acostumbró a ellas. Pero normalmente permanecía en el cuarto a partir de la tarde. No tenía deseos de encontrarse acompañado de sus habituales. Sabía cómo recibirían a este nuevo Itchy, que llevaba camisas de seda y calcetines de seda, la cara bien afeitada y las manos cuidadas, el pelo lustroso y la ropa elegante. Para aquellos que vestían como él (los criados en la ciudad chillona) no había perdido nada de su viejo desprecio.A estas alturas, comenzó a sentirse incómodo con su viejo apodo. Había crecido acostumbrado a él, y había llegado a sentirlo más natural y más propio que su nombre de bautizo, Floyd; pero ahora, pensando en él en términos de su nuevo desarrollo, lo encontró desagradable. Había adquirido el apodo "Itchy" (sarnoso) hacía cinco o seis años, sentado alrededor de un fuego con un grupo de sus compañeros en un bosque en las afueras de Fresno. Había estado rascándose brutalmente las picaduras de mosquito con las que estaba cubierto, y un viejo tipo al otro lado de la hoguera le había colgado el apodo. Se rió con sus amigos, el apodo se quedó para siempre.¿Pero qué importaba? Un nombre era tan bueno como otro. Se había convertido en parte suya. Ahora, sin embargo, un nombre no era tan bueno como otro. Y las posibilidades de que volviera a trabajar con aquellos que lo habían conocido antes y lo habían llamado así, aún podía surgir en el momento más inesperado para hacerlo avergonzarse. Si encontraba nuevos cómplices (como tendría que hacer antes de que pasara mucho tiempo) quería que lo conocieran como "El Elegante", que era mucho mejor que "Sarnoso" y tenía incluso un mejor sonido.Quince días más tarde, Itchy estaba usando correctamente sus ropas de gala en la calle y en los lobbies de los mejores hoteles, donde paseaba una hora o dos observando con consideración y condescendencia a aquellos que se cruzaban con él trabajando. Y como la familiaridad con su nuevo atuendo crecía se sintió tentado a usarlo en un asalto. Resistió durante un tiempo.Durante los siguientes dos meses atracó una joyería y las oficinas de una lavandería. Se sentía seguro ahora en su nueva personalidad, y la hacía más real con abundantes citas tomadas de los libros que había leído, y hasta se permitió alguna broma. En la lavandería fue lo suficientemente afortunado para encontrar a dos chicas que eran adictas al mismo tipo de literatura, y la apreciación que hicieron de sus modales fue gratificante. Y más gratificante aún fue la forma como la prensa recogió las historias de las chicas, puliéndolas, dándoles brillo, e imprimiéndolas para que el mundo las leyera. Itchy tenía ahora artículo tras artículo dedicado a su persona, incluso editoriales.El lobby de un teatro, justo antes de que cerrara la taquilla, fue el escenario del bautizo de sus ropas nuevas. El sombrero de copa, desde luego, lo había dejado en casa, no tenía sentido sobreactuarse.El abrigo ligero abierto a ambos lados, exponiendo el claroscuro de su inmaculado frac. Le sonrió a la chica en la taquilla y desplegó bellamente todo lo que había aprendido de la gracia del discurso. Y la chica, una vez que se hubo acostumbrado a la pistola, gozó el robo quizás tanto como él.Aún así, apretó el botón de alarma tan pronto como él se alejó.Sucedió que sólo había otros dos hombres con frac por las calles esa noche, y uno era muy alto y el otro muy viejo. Y, a pesar de que la policía perdió la pista momentáneamente en la esquina de Powell y Geary y de nuevo en la esquina de Mason y Sutter, llegó al hogar de Itchy (él tenía un piso ahora en la calle California) con sólo cinco minutos de retraso.Hubo una puerta rota, una bala que se volvió loca, un par de golpes e Itchy fue capturado.En un cuarto malamente amueblado de la sala de justicia, Itchy se sentó rodeado de detectives.—De manera que, muchacho bonito —uno de ellos gozó el reciente triunfo mirando arriba y abajo las ropas ligeramente arrugadas del prisionero— te tenemos.Itchy contempló lentamente y con frialdad los rostros de los policías que lo rodeaban hasta que se detuvo en el que había hablado, y no hubo ningún descuido en el gesto de cruzar las piernas.—Estoy cansado de ustedes —dijo—. Me aburren. Me hartan. Me exasperan. Son un montón de babosos.
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los cuatro sospechosos, agatha christie
La conversación giraba en torno a los crímenes que quedaban sin resolver y sin castigo. Cada uno por turno dio su opinión: el coronel Bantry, su simpática y gordezuela esposa, Jane Helier, el doctor Lloyd e incluso la señorita Marple. El único que no habló fue el que, en opinión de la mayoría, estaba más capacitado para ello. Don Henry Clithering, ex comisionado de Scotland Yard, permanecía silencioso, retorciéndose el bigote o, más bien dicho, tirando de él, y con una media sonrisa en los labios, como si le divirtiera algún pensamiento.-Don Henry -le dijo finalmente la señora Bantry-, si no dice usted algo, gritaré. ¿Hay muchos crímenes que quedan impunes?-Usted piensa en los titulares de la prensa, señora Bantry: SCOTLAND YARD FRACASA DE NUEVO y, a continuación, la lista de crímenes sin resolver.-Que en realidad debe ser un porcentaje muy pequeño, supongo -dijo el doctor Lloyd.-Sí, los cientos de crímenes que se resuelven y los responsables castigados rara vez se pregonan. Pero eso no es precisamente lo que discutimos. Los crímenes no descubiertos y los crímenes que quedan impunes son dos cosas por completo distintas. En la primera categoría entran todos los crímenes de los que Scotland Yard ni siquiera ha oído hablar, los que nadie ni siquiera sabe que se han cometido.-Pero supongo que no debe haber muchos de ésos -dijo la señora Bantry.-¿No?-¡Don Henry! ¿No querrá usted decir que sí los hay?-Yo creo -dijo la señorita Marple pensativa- que debe de haber muchísimos.La encantadora anciana, con su aire tranquilo y anticuado, hizo esta declaración con la mayor placidez.-Mi querida señorita Marple... -empezó el coronel Bantry.-Claro que muchas personas son estúpidas -dijo la señorita Marple-. Y a las personas estúpidas se las descubre hagan lo que hagan. Pero también hay muchas que no lo son y uno se estremece al pensar lo que serían capaces de hacer de no tener principios muy arraigados.-Sí -replicó don Henry-, hay muchísimas personas que no son estúpidas. Muchas veces un crimen llega a descubrirse por un fallo insignificante y uno no deja de hacerse siempre la misma pregunta. De no haber sido por aquel fallo, ¿hubiese llegado a descubrirse?-Pero esto es muy serio, Clithering -dijo el coronel Bantry-, pero que muy grave.-¿De veras?-¿Pero qué dice usted? ¡Lo es! Claro que es serio.-Usted dice que hay crímenes que quedan impunes, pero ¿es eso cierto? Tal vez no reciban el castigo de la ley, pero la causa y el efecto actúan aun fuera de la ley. Decir que cada crimen conlleva su propio castigo parecerá muy tópico y, no obstante, en mi opinión, nada hay más cierto.-Tal vez -dijo el coronel Bantry-, pero eso no altera la gravedad.., la gravedad...Se detuvo desorientado.Don Henry Clithering sonrío.-El noventa y nueve por ciento de la gente sin duda comparte su opinión -comentó-. Pero, ¿sabe usted?, no es la culpabilidad lo importante, sino la inocencia. Eso es lo que nadie aprecia.-No lo entiendo -exclamó Jane Helier.-Yo sí -replicó la señorita Marple-. Cuando la señora Trent descubrió que le faltaba media corona que llevaba en el bolso, la persona más afectada fue la asistenta, la señora Arthur. Desde luego los Trent pensaron que había sido ella, pero eran buenas personas y, como sabían que tenía una familia numerosa y un marido aficionado a la bebida, pues... naturalmente no quisieron tomar medidas extremas. Pero cambiaron totalmente su actitud hacia ella. Ya no la dejaban al cuidado de la casa cuando se ausentaban y otras personas empezaron a comportarse con ella de un modo semejante. Y luego se descubrió de pronto que había sido la institutriz. La señora Trent la descubrió, a través de una puerta que se reflejaba en un espejo, por pura casualidad, a la que yo prefiero llamar Providencia. Y creo que eso es lo que quiere decir don Henry. La mayoría de las personas se hubieran interesado únicamente por saber quién cogió el dinero, que resultó ser la más insospechada, como en las novelas policíacas. Pero, para quien realmente era importante, casi cuestión de vida o muerte, descubrir la verdad era para la señora Arthur, que no había hecho nada. Eso es lo que quiso usted decir, ¿verdad, don Henry?-Sí, señorita Marple, ha dado usted en el clavo. La asistenta de su historia tuvo suerte en el caso que ha expuesto: se demostró su inocencia. Pero algunas personas pueden pasar toda su vida oprimidas por el peso de una sospecha completamente injusta.-¿Se refiere usted a algún caso en particular, don Henry? -preguntó la señora Bantry con astucia y con verdadera curiosidad.-Pues, a decir verdad, sí, señora Bantry. Uno muy curioso. Un caso en el que pensábamos que se había cometido un crimen, pero no teníamos la más remota posibilidad de probarlo.-Veneno, supongo -exclamó Jane-. Algo que no deja rastro.El doctor Lloyd se removió inquieto y don Henry negó con la cabeza.-No, querida señorita. ¡No fue el veneno secreto de las flechas de los indios sudamericanos! ¡Ojalá hubiera sido algo así! Tuvimos que habérnoslas con algo mucho más prosaico, tanto, que no cabe la esperanza de dar con el responsable. Un anciano que se cayó por la escalera y se desnucó, uno de tantos accidentes, lamentables accidentes, que ocurren a diario.-¿Y que sucedió en realidad?-¿Quién puede decirlo? -don Henry se encogió de hombros-. ¿Lo empujaron por detrás? ¿Ataron un cordón de lado a lado de la escalera, que luego fue quitado cuidadosamente? Eso nunca lo sabremos.-Pero usted cree que... bueno, que no fue un accidente ¿Por qué? -quiso saber el médico.-Ésa es una historia bastante larga, pero... bueno, sí, estamos casi seguros. Como les digo, no hay posibilidad de poder culpar a nadie, las pruebas serían demasiado vagas. Pero el caso se puede mirar también desde otra perspectiva, la que mencionaba antes. Cuatro son las personas que pudieron hacerlo. Una es culpable, pero las otras tres son inocentes. Y, a menos que se averigüe la verdad, permanecerán bajo la terrible sombra de la duda.-Creo -dijo la señora Bantry- que será mejor que nos cuente usted toda la historia.-En realidad no creo que sea necesario que me extienda tanto -replicó don Henry-. Puedo resumir el principio. Es sobre una sociedad secreta alemana: "La Mano Vengadora", algo parecido a la Camorra o a la idea que la gente tiene de ella. Una organización dedicada a la extorsión y el terrorismo. La cosa empezó repentinamente después de la guerra y se extendió con sorprendente rapidez, y fueron numerosas las víctimas de la organización. Las autoridades no pudieron con ella, porque sus secretos eran guardados celosamente y era casi imposible encontrar a nadie que quisiera traicionarlos."En Inglaterra no se oyó hablar mucho de ella, pero en Alemania estaba causando un efecto paralizador Finalmente fue disuelta gracias a los esfuerzos de un hombre, un tal doctor Rosen, que en un tiempo fue un miembro notable del Servicio Secreto. Se hizo miembro de la sociedad, se infiltró en sus círculos más íntimos y fue, tal como les digo, el instrumento que la desmoronó."Pero, en consecuencia, se convirtió en un hombre marcado y se consideró prudente que abandonara Alemania, al menos durante algún tiempo. Se vino a Inglaterra y fuimos informados por la policía de Berlín. Se entrevistó personalmente conmigo y advertí enseguida lo resignado de su actitud. No le cabía la menor duda de lo que le reservaba el futuro."-Me cogerán, don Henry -me dijo-, no cabe la menor duda. -Era un hombre alto, de hermosas facciones y voz profunda, que sólo delataba su nacionalidad por su ligera pronunciación gutural-. Es una conclusión inevitable. No me importa, estoy preparado. Ya afronté ese riesgo al emprender esta empresa. He hecho lo que me propuse. La organización no podrá volver a levantarse, pero quedan muchos de sus miembros en libertad y se vengarán de la única manera que pueden: con mi vida. Es sólo cuestión de tiempo, pero desearía alargarlo lo más posible. Estoy reuniendo y preparando material muy interesante, el resultado de toda una vida de trabajo. Y si fuera posible, me gustaría poder completar mi tarea."Habló con sencillez, pero con cierta grandeza que no pude dejar de admirar. Le dije que tomaríamos toda clase de precauciones, pero no me dejó insistir"-Algún día, más pronto o más tarde, me cogerán -repetía-. Y cuando ese día llegue, no se preocupe. No me cabe la menor duda de que habrá hecho todo lo posible por evitarlo."Luego me expuso sus proyectos, que eran bastante sencillos. Se proponía adquirir una casita en el campo donde vivir tranquilamente y continuar su trabajo. Por fin escogió un pueblecito de Somerset, King’s Gnaton, situado a unas siete millas de la estación de ferrocarril y singularmente preservado de la civilización. Compró una casita preciosa en la que llevó a cabo algunas reformas y mejoras, y se instaló en ella muy contento, acompañado de su sobrina Greta, un secretario, una vieja criada alemana que le había servido fielmente durante casi cuarenta años y un mañoso jardinero externo, que era nativo de King’s Gnaton."-Los cuatro sospechosos -comentó el señor Lloyd con voz apagada.-Exacto, los cuatro sospechosos. No hay mucho más que decir. La vida transcurrió apaciblemente en King’s Gnaton durante cinco meses y entonces ocurrió la desgracia. El doctor Rosen se cayó una mañana por la escalera y fue hallado muerto media hora más tarde. En el momento en que debió ocurrir el accidente, Gertrud estaba en la cocina con la puerta cerrada y no oyó nada, o por lo menos eso dijo. la señorita Greta estaba en el jardín plantando unos bulbos, también según dijo. El jardinero, Dobbs, estaba en el cobertizo, desayunando, según dijo. Y el secretario había ido a dar un paseo y tampoco tenemos otra cosa mejor que su palabra."Ninguno de ellos tiene una coartada ni es capaz de atestiguar la declaración de los demás. Pero una cosa es cierta: nadie del exterior pudo hacerlo ya que la presencia de un extraño hubiera sido advertida con seguridad en el pueblecito de King’s Gnaton. La puerta principal y la de atrás estaban cerradas, y cada uno de los habitantes de la casa tenía su llave. De modo que ya ven que los sospechosos se reducen a estos cuatro: Greta, la hija de su propio hermano; Gertrud, que llevaba cuarenta años sirviéndole fielmente; Dobbs, que nunca había salido de King’s Gnaton, y Charles Templeton, el secretario."-Sí -intervino el coronel Bantry-. ¿Qué nos dice de él? A mí me parece el más sospechoso. ¿Qué sabía usted de él?-Pues lo que sé de él es lo que lo deja completamente al margen de sospechas, por lo menos de momento -dijo don Henry en tono grave-. Charles Templeton era uno de mis hombres.-¡Oh! -exclamó el coronel Bantry visiblemente sorprendido.-Sí, quise tener a alguien en la casa y que al mismo tiempo no llamara la atención en el pueblo. Rosen realmente necesitaba un secretario y yo le proporcioné a Templeton. Es un caballero, habla alemán a la perfección y es, en conjunto, un tipo muy capacitado.-Pues entonces, ¿de quién sospecha usted? -preguntó la señora Bantry con extrañeza-. Todos parecen tan... buenos y tan inocentes.-Sí, eso parece, pero podemos considerar el caso desde un ángulo distinto. Fraülein Greta era su sobrina y una muchacha encantadora, pero la guerra nos ha demostrado a menudo que un hermano puede volverse contra su hermana, un padre contra su hijo, etcétera, etcétera, y que las más encantadoras y gentiles jovencitas eran capaces de cosas sorprendentes. Lo mismo puede aplicarse a Gertrud y quién sabe qué otros factores pudieron obrar en su caso. Tal vez una disputa con su señor, un creciente resentimiento más intenso debido a los largos años de fidelidad. Las mujeres que tienen tantos años y pertenecen a esa clase, algunas veces pueden vivir increíblemente amargadas. ¿Y Dobbs? ¿Queda eliminado por no tener relación alguna con la familia? Con dinero se consiguen muchas cosas. Pudieron aproximarse a él de algún modo y sobornarlo."Una cosa parece segura: debió llegar algún mensaje u orden del exterior. De otro modo, ¿por qué aquellos cinco meses de espera? No, los agentes de "La Mano Vengadora" debieron estar trabajando. No estarían seguros de la perfidia de Rosen y debieron retrasar su venganza hasta asegurarse de su posible traición sin ninguna duda. Luego, cuando verificaron sus sospechas, debieron enviar su mensaje al espía que tenían dentro de su misma casa. El mensaje que decía: «Mata»."-¡Qué horror-! -dijo Jane Helier con un estremecimiento.-Pero ¿cómo llegaría el mensaje? Ese es el punto que traté de aclarar como única esperanza para resolver el misterio. Una de esas cuatro personas debió de ser abordada por alguien o comunicarse con ellos de alguna manera. La orden debía ser ejecutada, lo sabía muy bien, tan pronto como fuera recibido el aviso. Era la peculiaridad de "La Mano Vengadora"."Me puse a trabajar de una forma que probablemente les parecerá ridículamente meticulosa. ¿Quiénes habían estado en la casa aquella mañana? No descarté a nadie. Aquí está la lista."Y sacando un sobre de su bolsillo, escogió un papel entre los que contenía.-El carnicero, que trajo la carne de ternera. Hice averiguaciones y resultaron exactas."El chico del colmado trajo un paquete de harina de maíz, dos libras de azúcar; una de mantequilla y otra de café. Fueron investigados y resultaron correctos."El cartero trajo dos circulares para la señorita Rosen, una carta de la localidad para Gertrud, tres para el doctor Rosen, una con sello extranjero, y dos para el señor Templeton, una de ellas también con sello extranjero."Don Heniy hizo una pausa y luego extrajo varios documentos del sobre.-Tal vez les interese verlos. Me fueron entregados por los interesados o bien recogidos de la papelera. No necesito decirles que fueron examinados por expertos para ver si se encontraban en ellos rastros de tinta invisible, etc., etc. No se ha encontrado nada.Todos se acercaron para mirar Las catálogos para la señorita Rosen eran de un jardinero y de un establecimiento de peletería de Londres muy importante. El doctor Rosen recibió una factura de las semillas compradas a un jardinero local para su jardín y otra de una papelería de Londres. La carta dirigida a él decía lo siguiente:Mi querido Rosen:Acabo de regresar de la finca del señor Helmuth Spath. El otro día vi a Udo Johnson. Había venido para visitar a Ronald Periy, y me dijo que él y Edgar Jackson acaban de llegar de Tsingtau. Con toda Ecuanimidad, no puedo decir que envidie su viaje. Envíame pronto noticias tuyas. Como ya te dije antes: guárdate de cierta persona. Ya sabes a quién me refiero, aunque no estés de acuerdo conmigo. Tuya,Georgine-El correo del señor Templeton consistía en esta factura que como ustedes ven enviaba su sastre y una carta de un amigo de Alemania -prosiguió don Henry-. Esta última, desgraciadamente, la rompió durante su paseo. Y por último tenemos la carta que recibió Gertrud.Querida señora Smvartz:Esperamos que pueda usted asistir a la reunión del viernes por la noche. El vicario dice que tiene la esperanza de que vendrá y será usted bienvenida. La receta de tocineta era estupenda y le doy las gracias por ella. Confío en que se encuentre bien de salud y podamos verla el viernes.Queda de usted afectísima.Emma GreeneEl doctor Lloyd sonrió afablemente, al igual que la señora Bantry.-Creo que esta última carta puede eliminarse -dijo el doctor.-Yo opino lo mismo -replicó don Henry-, pero tomé la precaución de comprobar que existía esa tal señora Greene y que se celebraba la reunión. Ya saben, nunca está de más ser precavido.-Esto es lo que dice siempre nuestra amiga la señorita Marple -comentó el doctor Lloyd sonriendo-. Está usted ensimismada, señorita Marple. ¿En qué piensa?La aludida se sobresaltó.-¡Qué tonta soy! -exclamó-. Me estaba preguntando por qué en la carta del doctor Rosen la palabra Ecuanimidad estaba escrita con mayúscula.La señora Bantry exclamó:-Es cierto. ¡Oh!-Sí querida -respondió la señorita Marple-. ¡Pensé que usted lo notaría!-En esa carta hay un aviso definitivo -dijo el coronel Bantry-. Es lo primero que me llamó la atención. Me fijo más de lo que ustedes creen. Sí, un aviso definitivo... ¿contra quién?-Hay algo muy curioso con respecto a esa carta -explicó don Henry-. Según Templeton, el doctor Rosen la abrió durante el desayuno y se la alargó diciendo que no sabía quién podía ser aquel individuo.-¡Pero si no era un hombre! -dijo Jane Helier-. ¡Está firmada por una tal «Georgina»!-Es difícil decirlo -dijo el doctor Lloyd-. Tal vez el nombre sea Georgey y no Georgina, aunque parezca más bien lo contrario. En todo caso, resulta un tanto chocante, porque esta letra no parece de mujer-Eso es igualmente curioso -dijo el coronel Bantry-, que la enseñara fingiendo no saber quién se la escribía. Tal vez pretendía observar la reacción de alguien al verla, pero ¿de quién?, ¿del chico o de ella?-¿Tal vez de la cocinera? -insinuó la señora Bantry-. Quizá se encontrase en la habitación sirviendo el desayuno. Pero lo que no comprendo es... es muy curioso que...Frunció el entrecejo contemplando la carta. La señorita Marple se acercó a ella y, señalando la hoja de papel con un dedo, cuchichearon entre sí.-Pero, ¿por qué rompió la otra carta el secretario? -preguntó Jane Helier de pronto-. Parece... ¡oh! No sé... parece extraño. ¿Por qué había de recibir cartas de Alemania? Aunque, claro, si como usted dice está por encima de toda sospecha...-Pero don Henry no ha dicho eso -replicó la señorita Marple a toda prisa, abandonando su conversación con la señora Bantry-. Ha dicho que los sospechosos son cuatro. De modo que incluye a el señor Templeton. ¿Tengo razón, don Henry?-Sí, señorita Marple. La amarga experiencia me ha enseñado una cosa: nunca diga que nadie está por encima de toda sospecha. Acabo de darles razones por las cuales tres de estas personas pudieran ser culpables, por improbable que parezca. Entonces no apliqué el mismo procedimiento a Charles Templeton, pero al fin tuve que seguir la regla que acabo de mencionar."Y me vi obligado a reconocer esto: que todo ejército, toda marina y toda policía tienen cierto número de traidores en sus filas, por mucho que se odie admitir la idea. Y por ello examiné el caso contra Charles Templeton sin el menor apasionamiento."Me hice muchas veces la pregunta que la señorita Helier acaba de exponer. ¿Por qué fue el único que no pudo presentar la carta que recibiera con sello alemán? ¿Por qué recibía correspondencia de Alemania?"Esta última pregunta era del todo inocente y por lo tanto se la hice a él, siendo su respuesta bastante sencilla. La hermana de su madre estaba casada con un alemán y la carta era de una prima suya alemana. De modo que me enteré de algo que ignoraba hasta entonces, que Charles Templeton tenía parientes alemanes. Y eso lo colocó inmediatamente en la lista de sospechosos. Es uno de mis hombres, un muchacho en el que siempre he confiado, pero para ser justo y ecuánime debo admitir que es el que encabeza la lista."Pero ahí lo tienen: ¡No lo sé! No lo sé y, con toda probabilidad, nunca lo sabré. No se trata sólo de castigar a un asesino, sino de algo que considero cien veces más importante. Se trata, quizá, de la posibilidad de haber arruinado la carrera de un hombre honrado a causa de meras sospechas, sospechas que por otra parte no me atrevo a despreciar."La señorita Marple carraspeó y dijo en tono amable:-Entonces, don Henry, si no le he entendido mal, ¿de quien sospecha principalmente es del joven Templeton?-Sí, en cierto sentido. Y en teoría los cuatro habrían de verse igualmente afectados por esta situación, pero no es ése el caso. Dobbs, por ejemplo, aun cuando yo lo considere sospechoso, eso no altera en modo alguno su vida. En el pueblo nadie recela de que la muerte del doctor Rosen no fuese accidental. Gertrud tal vez se haya visto algo más afectada. La situación puede representar alguna diferencia, por ejemplo, en la actitud de Fraülein Rosen hacia ella, aunque dudo de que eso le afecte excesivamente."En cuanto a Greta Rosen... bueno, aquí llegamos al punto crucial de todo este asunto. Greta es una joven muy hermosa y Charles Templeton un muchacho apuesto, convivieron cinco meses bajo el mismo techo sin otras distracciones exteriores y ocurrió lo inevitable. Se enamoraron el uno del otro, aunque no quieren admitir el hecho con palabras."Y luego ocurrió la catástrofe. Ya habían transcurrido tres meses, y un día o dos después de mi regreso, Greta Rosen vino a verme. Había vendido la casita y regresaba a Alemania, una vez arreglados los asuntos de su tío. Acudió a mí, aunque sabía que me había retirado, porque en realidad deseaba verme por un asunto personal. Tras dar algunos rodeos al fin me abrió su corazón. ¿Cuál era mi opinión? Aquella carta con sello alemán, la que Charles había roto, la había preocupado y seguía preocupándola. ¿Había dicho la verdad? Sin duda debió decirla. Claro que creía su historia, pero... ¡oh!, si pudiera saberlo con absoluta certeza."¿Comprenden? El mismo sentimiento, el deseo de confiar, pero la terrible sospecha persistiendo en el fondo de su mente, a pesar de luchar contra ella. Le hablé con absoluta franqueza, pidiéndole que hiciera lo mismo, y le pregunté si Charles y ella estaban enamorados."-Creo que sí -me contestó-. Oh, sí, eso es. Éramos tan felices. Los días pasaban con tanta alegría."Los dos lo sabíamos, pero no había prisa, teníamos toda la vida por delante. Algún día me diría que me amaba y yo le contestaría que yo también. ¡Ah! ¡Pero puede usted imaginárselo! Ahora todo ha cambiado. Una nube negra se ha interpuesto entre nosotros, nos mostramos retraídos y cuando nos vemos no sabemos qué decirnos. Quizás a él le ocurre lo mismo. Nos decimos interiormente: ¡Si estuviéramos seguros! Por eso, don Henry, le suplico que me diga: «Puede estar segura, quienquiera que matase a su tío no fue Charles Templeton». ¡Dígamelo! ¡Oh, se lo suplico! ¡Se lo suplico, se lo suplico!"Y maldita sea -exclamó don Henry, dejando caer su puño con fuerza sobre la mesa-, no pude decírselo. Se fueron separando más y más los dos. Entre ellos se interponía la sospecha como un fantasma que no podían apartar."Se reclinó en la butaca con el rostro abatido y grave mientras movía la cabeza con desaliento.-Y no hay nada más que hacer, a menos -volvió a enderezarse con una sonrisa burlona- a menos que la señorita Marple pueda ayudarnos. ¿Puede usted, señorita Marple? Tengo el presentimiento de que esa carta está en su línea. La de la reunión benéfica. ¿No le recuerda alguien o algo que le haga ver este asunto muy claro? ¿No puede hacer algo por ayudar a dos jóvenes desesperados que desean ser felices?Tras la sonrisa burlona se escondía cierta ansiedad en su pregunta. Había llegado a formarse una gran opinión del poder deductivo de aquella solterona frágil y anticuada, y la miró con cierta esperanza en los ojos.La señorita Marple carraspeó y se arregló la manteleta de encaje.-Me recuerda un poco a Annie Poultny -admitió-. Claro que la carta está clarísima, para la señora Bantry y para mí. No me refiero a la que habla de la reunión benéfica, sino a la otra. Al haber vivido tanto en Londres y no tener ninguna afición por la jardinería, don Henry, no es de extrañar que no lo haya notado usted.-¿Eh? -exclamó don Henry-. ¿Notado qué?La señora Bantry alargó la mano y escogió una de las cartas, un catálogo que abrió y leyó pausadamente:El señor Helmuth Spath. Lila, una flor maravillosa, su tallo alcanza una altura inusitada. Espléndida para cortar y adornar el jardín. Una novedad de sorprendente belleza.Udo Johnson. Amarilla y cálida. De aroma peculiar y agradable.Edgar Jackson. Crisantemo de hermosa forma y color rojo ladrillo muy brillante.Ronald Perry. Rojo brillante. Sumamente decorativa.Tsingtau. Color naranja brillante, flor muy vistosa para jardín y de larga duración una vez cortada.Ecuanimidad...-Recordarán ustedes que esta palabra aparecía en la carta escrita también en mayúscula.Flor de extraordinaria perfección en su forma. Tonos rosa y blanco.La señora Bantry, dejando el catálogo, terminó diciendo con una gran excitación:-Y ¡Dalias!-Las letras iniciales de sus nombres componen la palabra «MUERTE» -explicó la señorita Marple satisfecha.-Pero la carta la recibió el propio doctor Rosen -objetó don Henry.-Esa fue la maniobra más inteligente -explicó la señorita Marple-. Eso y la amenaza que se encerraba en ella. ¿Qué es lo que haría al recibir una carta de alguien desconocido y llena de nombres extraños para él? Pues, naturalmente, mostrársela a su secretario y pedirle su opinión.-Entonces, después de todo...-¡Oh, no! -exclamó la señorita Marple-. El secretario, no. Vaya, eso precisamente demuestra que no fue él. De ser así, nunca hubiera permitido que se encontrase la carta e igualmente no se le hubiese ocurrido destruir una carta dirigida a él y con sello alemán. Su inocencia resulta evidente y , si me permito decirlo, deslumbrante..-Entonces, ¿quién...?-Pues parece casi seguro, todo lo seguro que puede ser algo en este mundo. Había otra persona presente durante el desayuno y pudo... es natural, dadas las circunstancias, alargar la mano y leer la carta. Y así fue. Recuerden que recibió un catálogo de jardinería en el mismo correo...-Greta Rosen -dijo don Henry despacio-. Entonces su visita...-Los caballeros nunca saben ver a través de estas cosas -replicó la señorita Marple-. Y me temo que muchas veces a las viejas nos ven como a... brujas, porque vemos cosas que a ellos les pasan inadvertidas, pero es así. Una sabe mucho de las de su propio sexo, por desgracia. No me cabe la menor duda de que se alzó una barrera entre ellos. El joven sintió una repentina e inexplicable aversión hacia ella. Sospechaba puramente por instinto y no podía ocultarlo. Y creo que la visita que le hizo la joven a usted fue sólo puro despecho. En realidad se sentía bastante segura, pero antes de marcharse quiso que usted fijara definitivamente sus sospechas en el pobre señor Templeton. Debe usted reconocer que, hasta después de su visita, no le parecieron completamente justificadas sus propias sospechas.-Estoy convencido de que no fue nada de lo que ella dijo... -comenzó a decir don Henry.-Los caballeros -continuó la señorita Marple con calma- nunca ven estas cosas.-Y esa joven... -se detuvo-... ¡comete semejante crimen a sangre fría y queda impune!-¡Oh, no, don Henry! -dijo la señorita Marple-. Impune no. Usted y yo no lo creemos. Recuerde lo que dijo no hace mucho rato. No. Greta Rosen no escapará a su castigo. Para empezar, deberá vivir entre gente extraña, chantajistas y terroristas, que no le harán ningún bien y probablemente la arrastrarán a un final miserable. Como usted dice, no vale la pena preocuparse por el culpable, es el inocente quien importa. El señor Templeton, me atrevo a aventurar, se casará con su prima alemana ya que el hecho de que rompiera su carta resulta... bueno, un tanto sospechoso, empleando la palabra en un sentido distinto al que le hemos dado toda la noche. Parece ser que lo hizo como si temiese que Greta la viera y le pidiera que se la dejase leer. Sí, creo que entre ellos debió de haber algo. Y luego está Dobbs, a quien, como usted dice, las sospechas no le afectarán mucho. Probablemente lo único que le interesa son sus desayunos. Y la pobre Gertrud, que me recuerda a Annie Poultny. Pobrecilla Annie Poultny. Cincuenta años sirviendo fielmente a la señorita Lamh y luego sospecharon que había hecho desaparecer su testamento, aunque no pudo probarse. Aquello destrozó el corazón de aquella criatura tan fiel. Y después de su muerte, se encontró en un compartimiento secreto en la caja donde guardaban el té y donde la propia la señorita Lamb lo había guardado para mayor seguridad. Pero era ya demasiado tarde para la pobre Annie."Por eso me preocupa esa pobre mujer alemana. Cuando se es viejo, uno se amarga fácilmente. Lo siento mucho más por ella que por el señor Templeton, que es joven, bien parecido y, según comentaba usted, goza de bastante popularidad entre las damas. ¿Querrá usted escribirle a ella, don Henry, para decirle que su inocencia está fuera de toda duda? Con su señor muerto y el peso de las sospechas... ¡Oh! ¡No quiero ni pensarlo!"-Le escribiré, señorita Marple -dijo don Henry mirándola con curiosidad-. ¿Sabe una cosa? Nunca llegaré a comprenderla. Siempre repara usted en algo que no esperaba.-Me temo que mi experiencia resulta insignificante -replicó la señorita Marple humildemente-. Apenas si salgo de St. Mary Mead.-¡Y no obstante ha resuelto usted lo que podríamos llamar un problema internacional! -dijo don Henry-. Porque lo ha resuelto. De eso estoy completamente convencido.La señorita Marple enrojeció y luego, parpadeando, explicó:-Creo que fui bien educada para lo que se acostumbraba en mis tiempos. Mi hermana y yo tuvimos una institutriz alemana, una persona muy sentimental. Nos enseñó el lenguaje de las flores, un estudio casi olvidado hoy en día, pero encantador. Un tulipán amarillo, por ejemplo, simboliza el Amor Sin Esperanza, mientras un Aster Chino significa Muero de Celos a Tus pies. Esa carta estaba firmada: Georgine, que me parece recordar significa dalia en alemán y eso lo dejaba todo muy claro. Ojalá pudiera recordar el significado de dalia, pero escapa a mi memoria, que ya no es tan buena como antes.-De todas formas no significa MUERTE.-No, desde luego. Horrible, ¿no? En este mundo hay cosas muy tristes.-Sí -replicó la señora Bantry con un suspiro-. Es una suerte tener flores y amigos.-Observen que nos coloca en último lugar -dijo el doctor Lloyd.-Un admirador solía enviarme orquídeas rojas cada noche -dijo Jane Helier con aire soñador.-«Espero sus favores», eso es lo que significa -dijo la señorita Marple con agudeza.Don Henry carraspeó de un modo peculiar y volvió la cabeza.La señorita Marpie lanzó una repentina exclamación.-Acabo de recordarlo. La dalia significa «Traición y Falsedad».-Maravilloso -replicó don Henry-. Absolutamente maravilloso.Y suspiró.
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la banda de lunares, arthur conan doyle
Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en los que, durante los ocho últimos años, he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, he encontrado muchos trágicos, algunos cómicos, un buen número de ellos que eran simplemente extraños, pero ninguno vulgar; porque, trabajando como él trabajaba, más por amor a su arte que por afán de riquezas, se negaba a intervenir en ninguna investigación que no tendiera a lo insólito e incluso a lo fantástico. Sin embargo, entre todos estos casos tan variados, no recuerdo ninguno que presentara características más extraordinarias que el que afectó a una conocida familia de Surrey, los Roylott de Stoke Moran. Los acontecimientos en cuestión tuvieron lugar en los primeros tiempos de mi asociación con Holmes, cuando ambos compartíamos un apartamento de solteros en Baker Street. Podría haberlo dado a conocer antes, pero en su momento se hizo una promesa de silencio, de la que no me he visto libre hasta el mes pasado, debido a la prematura muerte de la dama a quien se hizo la promesa. Quizás convenga sacar los hechos a la luz ahora, pues tengo motivos para creer que corren rumores sobre la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a hacer que el asunto parezca aún más terrible que lo que fue en realidad.Una mañana de principios de abril de 1883, me desperté y vi a Sherlock Holmes completamente vestido, de pie junto a mi cama. Por lo general, se levantaba tarde, y en vista de que el reloj de la repisa sólo marcaba las siete y cuarto, le miré parpadeando con una cierta sorpresa, y tal vez algo de resentimiento, porque yo era persona de hábitos muy regulares.-Lamento despertarle, Watson -dijo-, pero esta mañana nos ha tocado a todos. A la señora Hudson la han despertado, ella se desquitó conmigo, y yo con usted.-¿Qué es lo que pasa? ¿Un incendio?-No, un cliente. Parece que ha llegado una señorita en estado de gran excitación, que insiste en verme. Está aguardando en la sala de estar. Ahora bien, cuando las jovencitas vagan por la metrópoli a estas horas de la mañana, despertando a la gente dormida y sacándola de la cama, hay que suponer que tienen que comunicar algo muy apremiante. Si resultara ser un caso interesante, estoy seguro de que le gustaría seguirlo desde el principio. En cualquier caso, me pareció que debía llamarle y darle la oportunidad.-Querido amigo, no me lo perdería por nada del mundo. No existía para mí mayor placer que seguir a Holmes en todas sus investigaciones y admirar las rápidas deducciones, tan veloces como si fueran intuiciones, pero siempre fundadas en una base lógica, con las que desentrañaba los problemas que se le planteaban.Me vestí a toda prisa, y a los pocos minutos estaba listo para acompañar a mi amigo a la sala de estar. Una dama vestida de negro y con el rostro cubierto por un espeso velo estaba sentada junto a la ventana y se levantó al entrar nosotros.-Buenos días, señora -dijo Holmes animadamente-. Me llamo Sherlock Holmes. Éste es mi íntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante el cual puede hablar con tanta libertad como ante mí mismo. Ajá, me alegro de comprobar que la señora Hudson ha tenido el buen sentido de encender el fuego. Por favor, acérquese a él y pediré que le traigan una taza de chocolate, pues veo que está usted temblando.-No es el frío lo que me hace temblar -dijo la mujer en voz baja, cambiando de asiento como se le sugería.-¿Qué es, entonces?-El miedo, señor Holmes. El terror -al hablar, alzó su velo y pudimos ver que efectivamente se encontraba en un lamentable estado de agitación, con la cara gris y desencajada, los ojos inquietos y asustados, como los de un animal acosado. Sus rasgos y su figura correspondían a una mujer de treinta años, pero su cabello presentaba prematuras mechas grises, y su expresión denotaba fatiga y agobio. Sherlock Holmes la examinó de arriba a abajo con una de sus miradas rápidas que lo veían todo.-No debe usted tener miedo -dijo en tono consolador, inclinándose hacia delante y palmeándole el antebrazo-. Pronto lo arreglaremos todo, no le quepa duda. Veo que ha venido usted en tren esta mañana.-¿Es que me conoce usted?-No, pero estoy viendo la mitad de un billete de vuelta en la palma de su guante izquierdo. Ha salido usted muy temprano, y todavía ha tenido que hacer un largo trayecto en coche descubierto, por caminos accidentados, antes de llegar a la estación.La dama se estremeció violentamente y se quedó mirando con asombro a mi compañero.-No hay misterio alguno, querida señora -explicó Holmes sonriendo-. La manga izquierda de su chaqueta tiene salpicaduras de barro nada menos que en siete sitios. Las manchas aún están frescas. Sólo en un coche descubierto podría haberse salpicado así, y eso sólo si venía sentada a la izquierda del cochero.-Sean cuales sean sus razones, ha acertado usted en todo -dijo ella-. Salí de casa antes de las seis, llegué a Leatherhead a las seis y veinte y cogí el primer tren a Waterloo. Señor, ya no puedo aguantar más esta tensión, me volveré loca de seguir así. No tengo a nadie a quien recurrir... sólo hay una persona que me aprecia, y el pobre no sería una gran ayuda. He oído hablar de usted, señor Holmes; me habló de usted la señora Farintosh, a la que usted ayudó cuando se encontraba en un grave apuro. Ella me dio su dirección. ¡Oh, señor! ¿No cree que podría ayudarme a mí también, y al menos arrojar un poco de luz sobre las densas tinieblas que me rodean? Por el momento, me resulta imposible retribuirle por sus servicios, pero dentro de uno o dos meses me voy a casar, podré disponer de mi renta y entonces verá usted que no soy desagradecida.Holmes se dirigió a su escritorio, lo abrió y sacó un pequeño fichero que consultó a continuación.-Farintosh -dijo-. Ah, sí, ya me acuerdo del caso; giraba en torno a una tiara de ópalo. Creo que fue antes de conocernos, Watson. Lo único que puedo decir, señora, es que tendré un gran placer en dedicar a su caso la misma atención que dediqué al de su amiga. En cuanto a la retribución, mi profesión lleva en sí misma la recompensa; pero es usted libre de sufragar los gastos en los que yo pueda incurrir, cuando le resulte más conveniente. Y ahora, le ruego que nos exponga todo lo que pueda servirnos de ayuda para formarnos una opinión sobre el asunto.-¡Ay! -replicó nuestra visitante-. El mayor horror de mi situación consiste en que mis temores son tan inconcretos, y mis sospechas se basan por completo en detalles tan pequeños y que a otra persona le parecerían triviales, que hasta el hombre a quien, entre todos los demás, tengo derecho a pedir ayuda y consejo, considera todo lo que le digo como fantasías de una mujer nerviosa. No lo dice así, pero puedo darme cuenta por sus respuestas consoladoras y sus ojos esquivos. Pero he oído decir, señor Holmes, que usted es capaz de penetrar en las múltiples maldades del corazón humano. Usted podrá indicarme cómo caminar entre los peligros que me amenazan.-Soy todo oídos, señora.-Me llamo Helen Stoner, y vivo con mi padrastro, último superviviente de una de las familias sajonas más antiguas de Inglaterra, los Roylott de Stoke Moran, en el límite occidental de Surrey.Holmes asintió con la cabeza.-El nombre me resulta familiar -dijo.-En otro tiempo, la familia era una de las más ricas de Inglaterra, y sus propiedades se extendían más allá de los límites del condado, entrando por el norte en Berkshire y por el oeste en Hampshire. Sin embargo, en el siglo pasado hubo cuatro herederos seguidos de carácter disoluto y derrochador, y un jugador completó, en tiempos de la Regencia, la ruina de la familia. No se salvó nada, con excepción de unas pocas hectáreas de tierra y la casa, de doscientos años de edad, sobre la que pesa una fuerte hipoteca. Allí arrastró su existencia el último señor, viviendo la vida miserable de un mendigo aristócrata; pero su único hijo, mi padrastro, comprendiendo que debía adaptarse a las nuevas condiciones, consiguió un préstamo de un pariente, que le permitió estudiar medicina, y emigró a Calcuta, donde, gracias a su talento profesional y a su fuerza de carácter, consiguió una numerosa clientela. Sin embargo, en un arrebato de cólera, provocado por una serie de robos cometidos en su casa, azotó hasta matarlo a un mayordomo indígena, y se libró por muy poco de la pena de muerte. Tuvo que cumplir una larga condena, al cabo de la cual regresó a Inglaterra, convertido en un hombre huraño y desengañado.»Durante su estancia en la India, el doctor Roylott se casó con mi madre, la señora Stoner, joven viuda del general de división Stoner, de la artillería de Bengala. Mi hermana Julia y yo éramos gemelas, y sólo teníamos dos años cuando nuestra madre se volvió a casar. Mi madre disponía de un capital considerable, con una renta que no bajaba de las mil libras al año, y se lo confió por entero al doctor Roylott mientras viviésemos con él, estipulando que cada una de nosotras debía recibir cierta suma anual en caso de contraer matrimonio. Mi madre falleció poco después de nuestra llegada a Inglaterra... hace ocho años, en un accidente ferroviario cerca de Crewe. A su muerte, el doctor Roylott abandonó sus intentos de establecerse como médico en Londres, y nos llevó a vivir con él en la mansión ancestral de Stoke Moran. El dinero que dejó mi madre bastaba para cubrir todas nuestras necesidades, y no parecía existir obstáculo a nuestra felicidad.»Pero, aproximadamente por aquella época, nuestro padrastro experimentó un cambio terrible. En lugar de hacer amistades e intercambiar visitas con nuestros vecinos, que al principio se alegraron muchísimo de ver a un Roylott de Stoke Moran instalado de nuevo en la vieja mansión familiar, se encerró en la casa sin salir casi nunca, a no ser para enzarzarse en furiosas disputas con cualquiera que se cruzase en su camino. El temperamento violento, rayano con la manía, parece ser hereditario en los varones de la familia, y en el caso de mi padrastro creo que se intensificó a consecuencia de su larga estancia en el trópico. Provocó varios incidentes bochornosos, dos de los cuales terminaron en el juzgado, y acabó por convertirse en el terror del pueblo, de quien todos huían al verlo acercarse, pues tiene una fuerza extraordinaria y es absolutamente incontrolable cuando se enfurece.»La semana pasada tiró al herrero del pueblo al río, por encima del pretil, y sólo a base de pagar todo el dinero que pude reunir conseguí evitar una nueva vergüenza pública. No tiene ningún amigo, a excepción de los gitanos errantes, y a estos vagabundos les da permiso para acampar en las pocas hectáreas de tierra cubierta de zarzas que componen la finca familiar, aceptando a cambio la hospitalidad de sus tiendas y marchándose a veces con ellos durante semanas enteras. También le apasionan los animales indios, que le envía un contacto en las colonias, y en la actualidad tiene un guepardo y un babuino que se pasean en libertad por sus tierras, y que los aldeanos temen casi tanto como a su dueño.»Con esto que le digo podrá usted imaginar que mi pobre hermana Julia y yo no llevábamos una vida de placeres. Ningún criado quería servir en nuestra casa, y durante mucho tiempo hicimos nosotras todas las labores domésticas. Cuando murió no tenía más que treinta años y, sin embargo, su cabello ya empezaba a blanquear, igual que el mío.-Entonces, su hermana ha muerto.-Murió hace dos años, y es de su muerte de lo que vengo a hablarle. Comprenderá usted que, llevando la vida que he descrito, teníamos pocas posibilidades de conocer a gente de nuestra misma edad y posición. Sin embargo, teníamos una tía soltera, hermana de mi madre, la señorita Honoria Westphail, que vive cerca de Harrow, y de vez en cuando se nos permitía hacerle breves visitas. Julia fue a su casa por Navidad, hace dos años, y allí conoció a un comandante de Infantería de Marina retirado, al que se prometió en matrimonio. Mi padrastro se enteró del compromiso cuando regresó mi hermana, y no puso objeciones a la boda. Pero menos de quince días antes de la fecha fijada para la ceremonia, ocurrió el terrible suceso que me privó de mi única compañera.Sherlock Holmes había permanecido recostado en su butaca con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en un cojín, pero al oír esto entreabrió los párpados y miró de frente a su interlocutora.-Le ruego que sea precisa en los detalles -dijo.-Me resultará muy fácil, porque tengo grabados a fuego en la memoria todos los acontecimientos de aquel espantoso período. Como ya le he dicho, la mansión familiar es muy vieja, y en la actualidad sólo un ala está habitada. Los dormitorios de esta ala se encuentran en la planta baja, y las salas en el bloque central del edificio. El primero de los dormitorios es el del doctor Roylott, el segundo el de mi hermana, y el tercero el mío. No están comunicados, pero todos dan al mismo pasillo. ¿Me explico con claridad?-Perfectamente.-Las ventanas de los tres cuartos dan al jardín. La noche fatídica, el doctor Roylott se había retirado pronto, aunque sabíamos que no se había acostado porque a mi hermana le molestaba el fuerte olor de los cigarros indios que solía fumar. Por eso dejó su habitación y vino a la mía, donde se quedó bastante rato, hablando sobre su inminente boda. A las once se levantó para marcharse, pero en la puerta se detuvo y se volvió a mirarme.»-Dime, Helen -dijo-. ¿Has oído a alguien silbar en medio de la noche?»-Nunca -respondí.»-¿No podrías ser tú, que silbas mientras duermes?»-Desde luego que no. ¿Por qué?»-Porque las últimas noches he oído claramente un silbido bajo, a eso de las tres de la madrugada. Tengo el sueño muy ligero, y siempre me despierta. No podría decir de dónde procede, quizás del cuarto de al lado, tal vez del jardín. Se me ocurrió preguntarte por si tú también lo habías oído.»-No, no lo he oído. Deben ser esos horribles gitanos que hay en la huerta.»-Probablemente. Sin embargo, si suena en el jardín, me extraña que tú no lo hayas oído también.»-Es que yo tengo el sueño más pesado que tú.»-Bueno, en cualquier caso, no tiene gran importancia -me dirigió una sonrisa, cerró la puerta y pocos segundos después oí su llave girar en la cerradura.-Caramba -dijo Holmes-. ¿Tenían la costumbre de cerrar siempre su puerta con llave por la noche?-Siempre.-¿Y por qué?-Creo haber mencionado que el doctor tenía sueltos un guepardo y un babuino. No nos sentíamos seguras sin la puerta cerrada.-Es natural. Por favor, prosiga con su relato.-Aquella noche no pude dormir. Sentía la vaga sensación de que nos amenazaba una desgracia. Como recordará, mi hermana y yo éramos gemelas, y ya sabe lo sutiles que son los lazos que atan a dos almas tan estrechamente unidas. Fue una noche terrible. El viento aullaba en el exterior, y la lluvia caía con fuerza sobre las ventanas. De pronto, entre el estruendo de la tormenta, se oyó el grito desgarrado de una mujer aterrorizada. Supe que era la voz de mi hermana. Salté de la cama, me envolví en un chal y salí corriendo al pasillo. Al abrir la puerta, me pareció oír un silbido, como el que había descrito mi hermana, y pocos segundos después un golpe metálico, como si se hubiese caído un objeto de metal. Mientras yo corría por el pasillo se abrió la cerradura del cuarto de mi hermana y la puerta giró lentamente sobre sus goznes. Me quedé mirando horrorizada, sin saber lo que iría a salir por ella. A la luz de la lámpara del pasillo, vi que mi hermana aparecía en el hueco, con la cara lívida de espanto y las manos extendidas en petición de socorro, toda su figura oscilando de un lado a otro, como la de un borracho. Corrí hacia ella y la rodeé con mis brazos, pero en aquel momento parecieron ceder sus rodillas y cayó al suelo. Se estremecía como si sufriera horribles dolores, agitando convulsivamente los miembros. Al principio creí que no me había reconocido, pero cuando me incliné sobre ella gritó de pronto, con una voz que no olvidaré jamás: «¡Dios mío, Helen! ¡Ha sido la banda! ¡La banda de lunares!» Quiso decir algo más, y señaló con el dedo en dirección al cuarto del doctor, pero una nueva convulsión se apoderó de ella y ahogó sus palabras. Corrí llamando a gritos a nuestro padrastro, y me tropecé con él, que salía en bata de su habitación. Cuando llegamos junto a mi hermana, ésta ya había perdido el conocimiento, y aunque él le vertió brandy por la garganta y mandó llamar al médico del pueblo, todos los esfuerzos fueron en vano, porque poco a poco se fue apagando y murió sin recuperar la conciencia. Éste fue el espantoso final de mi querida hermana.-Un momento -dijo Holmes-. ¿Está usted segura de lo del silbido y el sonido metálico? ¿Podría jurarlo?-Eso mismo me preguntó el juez de instrucción del condado durante la investigación. Estoy convencida de que lo oí, a pesar de lo cual, entre el fragor de la tormenta y los crujidos de una casa vieja, podría haberme equivocado.-¿Estaba vestida su hermana?-No, estaba en camisón. En la mano derecha se encontró el extremo chamuscado de una cerilla, y en la izquierda una caja de fósforos.-Lo cual demuestra que encendió una cerilla y miró a su alrededor cuando se produjo la alarma. Eso es importante. ¿Y a qué conclusiones llegó el juez de instrucción?-Investigó el caso minuciosamente, porque la conducta del doctor Roylott llevaba mucho tiempo dando que hablar en el condado, pero no pudo descubrir la causa de la muerte. Mi testimonio indicaba que su puerta estaba cerrada por dentro, y las ventanas tenían postigos antiguos, con barras de hierro que se cerraban cada noche. Se examinaron cuidadosamente las paredes, comprobando que eran bien macizas por todas partes, y lo mismo se hizo con el suelo, con idéntico resultado. La chimenea es bastante amplia, pero está enrejada con cuatro gruesos barrotes. Así pues, no cabe duda de que mi hermana se encontraba sola cuando le llegó la muerte. Además, no presentaba señales de violencia.-¿Qué me dice del veneno?-Los médicos investigaron esa posibilidad, sin resultados.-¿De qué cree usted, entonces, que murió la desdichada señorita?-Estoy convencida de que murió de puro y simple miedo o de trauma nervioso, aunque no logro explicarme qué fue lo que la asustó.-¿Había gitanos en la finca en aquel momento?-Sí, casi siempre hay algunos.-Ya. ¿Y qué le sugirió a usted su alusión a una banda... una banda de lunares?-A veces he pensado que se trataba de un delirio sin sentido; otras veces, que debía referirse a una banda de gente, tal vez a los mismos gitanos de la finca. No sé si los pañuelos de lunares que muchos de ellos llevan en la cabeza le podrían haber inspirado aquel extraño término.Holmes meneó la cabeza como quien no se da por satisfecho.-Nos movemos en aguas muy profundas -dijo-. Por favor, continúe con su narración.-Desde entonces han transcurrido dos años, y mi vida ha sido más solitaria que nunca, hasta hace muy poco. Hace un mes, un amigo muy querido, al que conozco desde hace muchos años, me hizo el honor de pedir mi mano. Se llama Armitage, Percy Armitage, segundo hijo del señor Armitage, de Crane Water, cerca de Reading. Mi padrastro no ha puesto inconvenientes al matrimonio, y pensamos casarnos en primavera. Hace dos días se iniciaron unas reparaciones en el ala oeste del edificio, y hubo que agujerear la pared de mi cuarto, por lo que me tuve que instalar en la habitación donde murió mi hermana y dormir en la misma cama en la que ella dormía. Imagínese mi escalofrío de terror cuando anoche, estando yo acostada pero despierta, pensando en su terrible final, oí de pronto en el silencio de la noche el suave silbido que había anunciado su propia muerte. Salté de la cama y encendí la lámpara, pero no vi nada anormal en la habitación. Estaba demasiado nerviosa como para volver a acostarme, así que me vestí y, en cuando salió el sol, me eché a la calle, cogí un coche en la posada Crown, que está enfrente de casa, y me planté en Leatherhead, de donde he llegado esta mañana, con el único objeto de venir a verle y pedirle consejo.-Ha hecho usted muy bien -dijo mi amigo-. Pero ¿me lo ha contado todo?-Sí, todo.-Señorita Stoner, no me lo ha dicho todo. Está usted encubriendo a su padrastro.-¿Cómo? ¿Qué quiere decir?Por toda respuesta, Holmes levantó el puño de encaje negro que adornaba la mano que nuestra visitante apoyaba en la rodilla. Impresos en la blanca muñeca se veían cinco pequeños moratones, las marcas de cuatro dedos y un pulgar. -La han tratado con brutalidad -dijo Holmes.La dama se ruborizó intensamente y se cubrió la lastimada muñeca.-Es un hombre duro -dijo-, y seguramente no se da cuenta de su propia fuerza.Se produjo un largo silencio, durante el cual Holmes apoyó el mentón en las manos y permaneció con la mirada fija en el fuego crepitante.-Es un asunto muy complicado -dijo por fin-. Hay mil detalles que me gustaría conocer antes de decidir nuestro plan de acción, pero no podemos perder un solo instante. Si nos desplazáramos hoy mismo a Stoke Moran, ¿nos sería posible ver esas habitaciones sin que se enterase su padrastro?-Precisamente dijo que hoy tenía que venir a Londres para algún asunto importante. Es probable que esté ausente todo el día y que pueda usted actuar sin estorbos. Tenemos una sirvienta, pero es vieja y estúpida, y no me será difícil quitarla de enmedio.-Excelente. ¿Tiene algo en contra de este viaje, Watson?-Nada en absoluto.-Entonces, iremos los dos. Y usted, ¿qué va a hacer?-Ya que estoy en Londres, hay un par de cosillas que me gustaría hacer. Pero pienso volver en el tren de las doce, para estar allí cuando ustedes lleguen.-Puede esperarnos a primera hora de la tarde. Yo también tengo un par de asuntillos que atender. ¿No quiere quedarse a desayunar?-No, tengo que irme. Me siento ya más aliviada desde que le he confiado mi problema. Espero volverle a ver esta tarde -dejó caer el tupido velo negro sobre su rostro y se deslizó fuera de la habitación.-¿Qué le parece todo esto, Watson? -preguntó Sherlock Holmes recostándose en su butaca.-Me parece un asunto de lo más turbio y siniestro.-Turbio y siniestro a no poder más.-Sin embargo, si la señorita tiene razón al afirmar que las paredes y el suelo son sólidos, y que la puerta, ventanas y chimenea son infranqueables, no cabe duda de que la hermana tenía que encontrarse sola cuando encontró la muerte de manera tan misteriosa.-¿Y qué me dice entonces de los silbidos nocturnos y de las intrigantes palabras de la mujer moribunda?-No se me ocurre nada.-Si combinamos los silbidos en la noche, la presencia de una banda de gitanos que cuentan con la amistad del viejo doctor, el hecho de que tenemos razones de sobra para creer que el doctor está muy interesado en impedir la boda de su hijastra, la alusión a una banda por parte de la moribunda, el hecho de que la señorita Helen Stoner oyera un golpe metálico, que pudo haber sido producido por una de esas barras de metal que cierran los postigos al caer de nuevo en su sitio, me parece que hay una buena base para pensar que po demos aclarar el misterio siguiendo esas líneas.-Pero ¿qué es lo que han hecho los gitanos?-No tengo ni idea.-Encuentro muchas objeciones a esa teoría.-También yo. Precisamente por esa razón vamos a ir hoy a Stoke Moran. Quiero comprobar si las objeciones son definitivas o se les puede encontrar una explicación. Pero... ¿qué demonio?...Lo que había provocado semejante exclamación de mi compañero fue el hecho de que nuestra puerta se abriera de golpe y un hombre gigantesco apareciera en el marco. Sus ropas eran una curiosa mezcla de lo profesional y lo agrícola: llevaba un sombrero negro de copa, una levita con faldones largos y un par de polainas altas, y hacía oscilar en la mano un látigo de caza. Era tan alto que su sombrero rozaba el montante de la puerta, y tan ancho que la llenaba de lado a lado. Su rostro amplio, surcado por mil arrugas, tostado por el sol hasta adquirir un matiz amarillento y marcado por todas las malas pasiones, se volvía alternativamente de uno a otro de nosotros, mientras sus ojos, hundidos y biliosos, y su nariz alta y huesuda, le daban cierto parecido grotesco con un ave de presa, vieja y feroz.-¿Quién de ustedes es Holmes? -preguntó la aparición. -Ése es mi nombre, señor, pero me lleva usted ventaja -respondió mi compañero muy tranquilo.-Soy el doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran.-Ah, ya -dijo Holmes suavemente-. Por favor, tome asiento, doctor.-No me da la gana. Mi hijastra ha estado aquí. La he seguido. ¿Qué le ha estado contando?-Hace algo de frío para esta época del año -dijo Holmes.-¿Qué le ha contado? -gritó el viejo, enfurecido.-Sin embargo, he oído que la cosecha de azafrán se presenta muy prometedora -continuó mi compañero, imperturbable.-¡Ja! Conque se desentiende de mí, ¿eh? -dijo nuestra nueva visita, dando un paso adelante y esgrimiendo su látigo de caza-. Ya le conozco, granuja. He oído hablar de usted. Usted es Holmes, el entrometido.Mi amigo sonrió.-¡Holmes el metomentodo!La sonrisa se ensanchó.-¡Holmes, el correveidile de Scofand Yard! Holmes soltó una risita cordial.-Su conversación es de lo más amena -dijo-. Cuando se vaya, cierre la puerta, porque hay una cierta corriente. -Me iré cuando haya dicho lo que tengo que decir. No se atreva a meterse en mis asuntos. Me consta que la señorita Stoner ha estado aquí. La he seguido. Soy un hombre peligroso para quien me fastidia. ¡Fíjese!Dio un rápido paso adelante, cogió el atizafuego y lo curvó con sus enormes manazas morenas.-¡Procure mantenerse fuera de mi alcance! -rugió. Y arrojando el hierro doblado a la chimenea, salió de la habitación a grandes zancadas.-Parece una persona muy simpática -dijo Holmes, echándose a reír-. Yo no tengo su corpulencia, pero si se hubiera quedado le habría podido demostrar que mis manos no son mucho más débiles que las suyas -y diciendo esto, recogió el atizador de hierro y con un súbito esfuerzo volvió a enderezarlo-. ¡Pensar que ha tenido la insolencia de confundirme con el cuerpo oficial de policía! No obstante, este incidente añade interés personal a la investigación, y sólo espero que nuestra amiga no sufra las consecuencias de su imprudencia al dejar que esa bestia le siguiera los pasos. Y ahora, Watson, pediremos el desayuno y después daré un paseo hasta Doctors' Commons, donde espero obtener algunos datos que nos ayuden en nuestra tarea.Era casi la una cuando Sherlock Holmes regresó de su excursión. Traía en la mano una hoja de papel azul, repleta de cifras y anotaciones.-He visto el testamento de la esposa fallecida -dijo-. Para determinar el valor exacto, me he visto obligado a averiguar los precios actuales de las inversiones que en él figuran. La renta total, que en la época en que murió la esposa era casi de 1.100 libras, en la actualidad, debido al descenso de los precios agrícolas, no pasa de las 750. En caso de contraer matrimonio, cada hija puede reclamar una renta de 250. Es evidente, por lo tanto, que si las dos chicas se hubieran casado, este payaso se quedaría a dos velas; y con que sólo se casara una, ya notaría un bajón importante. El trabajo de esta mañana no ha sido en vano, ya que ha quedado demostrado que el tipo tiene motivos de los más fuertes para tratar de impedir que tal cosa ocurra. Y ahora, Watson, la cosa es demasiado grave como para andar perdiendo el tiempo, especialmente si tenemos en cuenta que el viejo ya sabe que nos interesamos por sus asuntos, así que, si está usted dispuesto, llamaremos a un coche para que nos lleve a Waterloo. Le agradecería mucho que se metiera el revólver en el bolsillo. Un Eley n.° 2 es un excelente argumento para tratar con caballeros que pueden hacer nudos con un atizador de hierro. Eso y un cepillo de dientes, creo yo, es todo lo que necesitamos.En Waterloo tuvimos la suerte de coger un tren a Leatherhead, y una vez allí alquilamos un coche en la posada de la estación y recorrimos cuatro o cinco millas por los encantadores caminos de Surrey. Era un día verdaderamente espléndido, con un sol resplandeciente y unas cuantas nubes algodonosas en el cielo. Los árboles y los setos de los lados empezaban a echar los primeros brotes, y el aire olía agradablemente a tierra mojada. Para mí, al menos, existía un extraño contraste entre la dulce promesa de la primavera y la siniestra intriga en la que nos habíamos implicado. Mi compañero iba sentado en la parte delantera, con los brazos cruzados, el sombrero caído sobre los ojos y la barbilla hundida en el pecho, sumido aparentemente en los más profundos pensamientos. Pero de pronto se incorporó, me dio un golpecito en el hombro y señaló hacia los prados.-¡Mire allá! -dijo.Un parque con abundantes árboles se extendía en suave pendiente, hasta convertirse en bosque cerrado en su punto más alto. Entre las ramas sobresalían los frontones grises y el alto tejado de una mansión muy antigua.-¿Stoke Moran? -preguntó.-Sí, señor; ésa es la casa del doctor Grimesby Roylott -confirmó el cochero.-Veo que están haciendo obras -dijo Holmes-. Es allí donde vamos.-El pueblo está allí -dijo el cochero, señalando un grupo de tejados que se veía a cierta distancia a la izquierda-. Pero si quieren ustedes ir a la casa, les resultará más corto por esa escalerilla de la cerca y luego por el sendero que atraviesa el campo. Allí, por donde está paseando la señora.-Y me imagino que dicha señora es la señorita Stoner -comentó Holmes, haciendo visera con la mano sobre los ojos-. Sí, creo que lo mejor es que hagamos lo que usted dice.Nos apeamos, pagamos el trayecto y el coche regresó traqueteando a Leatherhead.-Me pareció conveniente -dijo Holmes mientras subíamos la escalerilla- que el cochero creyera que venimos aquí como arquitectos, o para algún otro asunto concreto. Puede que eso evite chismorreos. Buenas tardes, señorita Stoner. Ya ve que hemos cumplido nuestra palabra.Nuestra cliente de por la mañana había corrido a nuestro encuentro con la alegría pintada en el rostro.-Les he estado esperando ansiosamente -exclamó, estrechándonos afectuosamente las manos-. Todo ha salido de maravilla. El doctor Roylott se ha marchado a Londres, y no es probable que vuelva antes del anochecer.-Hemos tenido el placer de conocer al doctor -dijo Holmes, y en pocas palabras le resumió lo ocurrido. La señorita Stoner palideció hasta los labios al oírlo.-¡Cielo santo! -exclamó-. ¡Me ha seguido!-Eso parece.-Es tan astuto que nunca sé cuándo estoy a salvo de él. ¿Qué dirá cuando vuelva?-Más vale que se cuide, porque puede encontrarse con que alguien más astuto que él le sigue la pista. Usted tiene que protegerse encerrándose con llave esta noche. Si se pone violento, la llevaremos a casa de su tía de Harrow. Y ahora, hay que aprovechar lo mejor posible el tiempo, así que, por favor, llévenos cuanto antes a las habitaciones que tenemos que examinar.El edificio era de piedra gris manchada de liquen, con un bloque central más alto y dos alas curvadas, como las pinzas de un cangrejo, una a cada lado. En una de dichas alas, las ventanas estaban rotas y tapadas con tablas de madera, y parte del tejado se había hundido, dándole un aspecto ruinoso. El bloque central estaba algo mejor conservado, pero el ala derecha era relativamente moderna, y las cortinas de las ventanas, junto con las volutas de humo azulado que salan de las chimeneas, demostraban que en ella residía la familia. En un extremo se habían levantado andamios y abierto algunos agujeros en el muro, pero en aquel momento no se veía ni rastro de los obreros. Holmes caminó lentamente de un lado a otro del césped mal cortado, examinando con gran atención la parte exterior de las ventanas.-Supongo que ésta corresponde a la habitación en la que usted dormía, la del centro a la de su difunta hermana, y la que se halla pegada al edificio principal a la habitación del doctor Roylott.-Exactamente. Pero ahora duermo en la del centro.-Mientras duren las reformas, según tengo entendido. Por cierto, no parece que haya una necesidad urgente de reparaciones en ese extremo del muro.-No había ninguna necesidad. Yo creo que fue una excusa para sacarme de mi habitación.-¡Ah, esto es muy sugerente! Ahora, veamos: por la parte de atrás de este ala está el pasillo al que dan estas tres habitaciones. Supongo que tendrá ventanas.-Sí, pero muy pequeñas. Demasiado estrechas para que pueda pasar nadie por ellas.-Puesto que ustedes dos cerraban sus puertas con llave por la noche, el acceso a sus habitaciones por ese lado es imposible. Ahora, ¿tendrá usted la bondad de entrar en su habitación y cerrar los postigos de la ventana?La señorita Stoner hizo lo que le pedían, y Holmes, tras haber examinado atentamente la ventana abierta, intentó por todos los medios abrir los postigos cerrados, pero sin éxito. No existía ninguna rendija por la que pasar una navaja para levantar la barra de hierro. A continuación, examinó con la lupa las bisagras, pero éstas eran de hierro macizo, firmemente empotrado en la recia pared.-¡Hum! -dijo, rascándose la barbilla y algo perplejo-. Desde luego, mi teoría presenta ciertas dificultades. Nadie podría pasar con estos postigos cerrados. Bueno, veamos si el interior arroja alguna luz sobre el asunto.Entramos por una puertecita lateral al pasillo encalado al que se abrían los tres dormitorios. Holmes se negó a examinar la tercera habitación y pasamos directamente a la segunda, en la que dormía la señorita Stoner y en la que su hermana había encontrado la muerte. Era un cuartito muy acogedor, de techo bajo y con una amplia chimenea de estilo rural. En una esquina había una cómoda de color castaño, en otra una cama estrecha con colcha blanca, y a la izquierda de la ventana una mesa de tocador. Estos artículos, más dos sillitas de mimbre, constituían todo el mobiliario de la habitación, aparte de una alfombra cuadrada de Wilton que había en el centro. El suelo y las paredes eran de madera de roble, oscura y carcomida, tan vieja y descolorida que debía remontarse a la construcción original de la casa. Holmes arrimó una de las sillas a un rincón y se sentó en silencio, mientras sus ojos se desplazaban de un lado a otro, arriba y abajo, asimilando cada detalle de la habitación.-¿Con qué comunica esta campanilla? -preguntó por fin, señalando un grueso cordón de campanilla que colgaba junto a la cama, y cuya borla llegaba a apoyarse en la almohada.-Con la habitación de la sirvienta.-Parece más nueva que el resto de las cosas.-Sí, la instalaron hace sólo dos años.-Supongo que a petición de su hermana.-No; que yo sepa, nunca la utilizó. Si necesitábamos algo, íbamos a buscarlo nosotras mismas.-La verdad, me parece innecesario instalar aquí un llamador tan bonito. Excúseme unos minutos, mientras examino el suelo.Se tumbó boca abajo en el suelo, con la lupa en la mano, y se arrastró velozmente de un lado a otro, inspeccionando atentamente las rendijas del entarimado. A continuación hizo lo mismo con las tablas de madera que cubrían las paredes. Por ultimo, se acercó a la cama y permaneció algún tiempo mirándola fijamente y examinando la pared de arriba a abajo. Para terminar, agarró el cordón de la campanilla y dio un fuerte tirón.-¡Caramba, es simulado! -exclamó.-¿Cómo? ¿No suena?-No, ni siquiera está conectado a un cable. Esto es muy interesante. Fíjese en que está conectado a un gancho justo por encima del orificio de ventilación.-¡Qué absurdo! ¡Jamás me había fijado!-Es muy extraño -murmuró Holmes, tirando del cordón-. Esta habitación tiene uno o dos detalles muy curiosos. Por ejemplo, el constructor tenía que ser un estúpido para abrir un orificio de ventilación que da a otra habitación, cuando, con el mismo esfuerzo, podría haberlo hecho comunicar con el aire libre.-Eso también es bastante moderno -dijo la señorita.-Más o menos, de la misma época que el llamador -aventuró Holmes.-Sí, por entonces se hicieron varias pequeñas reformas. -Y todas parecen de lo más interesante... cordones de campanilla sin campanilla y orificios de ventilación que no ventilan. Con su permiso, señorita Stoner, proseguiremos nuestras investigaciones en la habitación de más adentro. La alcoba del doctor Grimesby Roylott era más grande que la de su hijastra, pero su mobiliario era igual de escueto. Una cama turca, una pequeña estantería de madera llena de libros, en su mayoría de carácter técnico, una butaca junto a la cama, una vulgar silla de madera arrimada a la pared, una mesa camilla y una gran caja fuerte de hierro, eran los principales objetos que saltaban a la vista. Holmes recorrió despacio la habitación, examinándolos todos con el más vivo interés.-¿Qué hay aquí? -preguntó, golpeando con los nudillos la caja fuerte.-Papeles de negocios de mi padrastro.-Entonces es que ha mirado usted dentro.-Sólo una vez, hace años. Recuerdo que estaba llena de papeles.-¿Y no podría haber, por ejemplo, un gato?-No. ¡Qué idea tan extraña!-Pues fíjese en esto -y mostró un platillo de leche que había encima de la caja.-No, gato no tenemos, pero sí que hay un guepardo y un babuino.-¡Ah, sí, claro! Al fin y al cabo, un guepardo no es más que un gato grandote, pero me atrevería a decir que con un platito de leche no bastaría, ni mucho menos, para satisfacer sus necesidades. Hay una cosa que quiero comprobar.Se agachó ante la silla de madera y examinó el asiento con la mayor atención.-Gracias. Esto queda claro -dijo levantándose y metiéndose la lupa en el bolsillo-. ¡Vaya! ¡Aquí hay algo muy interesante!El objeto que le había llamado la atención era un pequeño látigo para perros que colgaba de una esquina de la cama. Su extremo estaba atado formando un lazo corredizo.-¿Qué le sugiere a usted esto, Watson?-Es un látigo común y corriente. Aunque no sé por qué tiene este nudo.-Eso no es tan corriente, ¿eh? ¡Ay, Watson! Vivimos en un mundo malvado, y cuando un hombre inteligente dedica su talento al crimen, se vuelve aún peor. Creo que ya he visto suficiente, señorita Stoner, y, con su permiso, daremos un paseo por el jardín.Jamás había visto a mi amigo con un rostro tan sombrío y un ceño tan fruncido como cuando nos retiramos del escenario de la investigación. Habíamos recorrido el jardín varias veces de arriba abajo, sin que ni la señorita Stoner ni yo nos atreviéramos a interrumpir el curso de sus pensamientos, cuando al fin Holmes salió de su ensimismamiento.-Es absolutamente esencial, señorita Stoner -dijo-, que siga usted mis instrucciones al pie de la letra en todos los aspectos.-Le aseguro que así lo haré.-La situación es demasiado grave como para andarse con vacilaciones. Su vida depende de que haga lo que le digo.-Vuelvo a decirle que estoy en sus manos.-Para empezar, mi amigo y yo tendremos que pasar la noche en su habitación.Tanto la señorita Stoner como yo le miramos asombrados.-Sí, es preciso. Deje que le explique. Aquello de allá creo que es la posada del pueblo, ¿no?-Sí, el «Crown».-Muy bien. ¿Se verán desde allí sus ventanas?-Desde luego.-En cuanto regrese su padrastro, usted se retirará a su habitación, pretextando un dolor de cabeza. Y cuando oiga que él también se retira a la suya, tiene usted que abrir la ventana, alzar el cierre, colocar un candil que nos sirva de señal y, a continuación, trasladarse con todo lo que vaya a necesitar a la habitación que ocupaba antes. Estoy seguro de que, a pesar de las reparaciones, podrá arreglárselas para pasar allí una noche.-Oh, sí, sin problemas.-El resto, déjelo en nuestras manos.-Pero ¿qué van ustedes a hacer?-Vamos a pasar la noche en su habitación e investigar la causa de ese sonido que la ha estado molestando.-Me parece, señor Holmes, que ya ha llegado usted a una conclusión -dijo la señorita Stoner, posando su mano sobre el brazo de mi compañero.-Es posible.-Entonces, por compasión, dígame qué ocasionó la muerte de mi hermana.-Prefiero tener pruebas más terminantes antes de hablar.-Al menos, podrá decirme si mi opinión es acertada, y murió de un susto.-No, no lo creo. Creo que es probable que existiera una causa más tangible. Y ahora, señorita Stoner, tenemos que dejarla, porque si regresara el doctor Roylott y nos viera, nuestro viaje habría sido en vano. Adiós, y sea valiente, porque si hace lo que le he dicho puede estar segura de que no tardaremos en librarla de los peligros que la amenazan.Sherlock Holmes y yo no tuvimos dificultades para alquilar una alcoba con sala de estar en el «Crown». Las habitaciones se encontraban en la planta superior, y desde nuestra ventana gozábamos de una espléndida vista de la entrada a la avenida y del ala deshabitada de la mansión de Stoke Moran. Al atardecer vimos pasar en un coche al doctor Grimesby Roylott, con su gigantesca figura sobresaliendo junto a la menuda figurilla del muchacho que guiaba el coche. El cochero tuvo alguna dificultad para abrir las pesadas puertas de hierro, y pudimos oír el áspero rugido del doctor y ver la furia con que agitaba los puños cerrados, amenazándolo. El vehículo siguió adelante y, pocos minutos más tarde, vimos una luz que brillaba de pronto entre los árboles, indicando que se había encendido una lámpara en uno de los salones.-¿Sabe usted, Watson? -dijo Holmes mientras permanecíamos sentados en la oscuridad-. Siento ciertos escrúpulos de llevarle conmigo esta noche. Hay un elemento de peligro indudable.-¿Puedo servir de alguna ayuda?-Su presencia puede resultar decisiva.-Entonces iré, sin duda alguna.-Es usted muy amable.-Dice usted que hay peligro. Evidentemente, ha visto usted en esas habitaciones más de lo que pude ver yo.-Eso no, pero supongo que yo habré deducido unas pocas cosas más que usted. Imagino, sin embargo, que vería usted lo mismo que yo.-Yo no vi nada destacable, a excepción del cordón de la campanilla, cuya finalidad confieso que se me escapa por completo.-¿Vio usted el orificio de ventilación?-Sí, pero no me parece que sea tan insólito que exista una pequeña abertura entre dos habitaciones. Era tan pequeña que no podría pasar por ella ni una rata.-Yo sabía que encontraríamos un orificio así antes de venir a Stoke Moran.-¡Pero Holmes, por favor!-Le digo que lo sabía. Recuerde usted que la chica dijo que su hermana podía oler el cigarro del doctor Roylott. Eso quería decir, sin lugar a dudas, que tenía que existir una comunicación entre las dos habitaciones. Y tenía que ser pequeña, o alguien se habría fijado en ella durante la investigación judicial. Deduje, pues, que se trataba de un orificio de ventilación.-Pero, ¿qué tiene eso de malo?-Bueno, por lo menos existe una curiosa coincidencia de fecha. Se abre un orificio, se instala un cordón y muere una señorita que dormía en la cama. ¿No le resulta llamativo? -Hasta ahora no veo ninguna relación.-¿No observó un detalle muy curioso en la cama?-No.-Estaba clavada al suelo. ¿Ha visto usted antes alguna cama sujeta de ese modo?-No puedo decir que sí.-La señorita no podía mover su cama. Tenía que estar siempre en la misma posición con respecto a la abertura y al cordón... podemos llamarlo así, porque, evidentemente, jamás se pensó en dotarlo de campanilla.-Holmes, creo que empiezo a entrever adónde quiere usted ir a parar -exclamé-. Tenemos el tiempo justo para impedir algún crimen artero y horrible.-De lo más artero y horrible. Cuando un médico se tuerce, es peor que ningún criminal. Tiene sangre fría y tiene conocimientos. Palmer y Pritchard estaban en la cumbre de su profesión. Este hombre aún va más lejos, pero creo, Watson, que podremos llegar más lejos que él. Pero ya tendremos horrores de sobra antes de que termine la noche; ahora, por amor de Dios, fumemos una pipa en paz, y dediquemos el cerebro a ocupaciones más agradables durante unas horas.A eso de las nueve, se apagó la luz que brillaba entre los árboles y todo quedó a oscuras en dirección a la mansión. Transcurrieron lentamente dos horas y, de pronto, justo al sonar las once, se encendió exactamente frente a nosotros una luz aislada y brillante.-Ésa es nuestra señal -dijo Holmes, poniéndose en pie de un salto-. Viene de la ventana del centro.Al salir, Holmes intercambió algunas frases con el posadero, explicándole que íbamos a hacer una visita de última hora a un conocido y que era posible que pasáramos la noche en su casa. Un momento después avanzábamos por el oscuro camino, con el viento helado soplándonos en la cara y una lucecita amarilla parpadeando frente a nosotros en medio de las tinieblas para guiarnos en nuestra tétrica incursión.No tuvimos dificultades para entrar en la finca porque la vieja tapia del parque estaba derruida por varios sitios. Nos abrimos camino entre los árboles, llegamos al jardín, lo cruzamos, y nos disponíamos a entrar por la ventana cuando de un macizo de laureles salió disparado algo que parecía un niño deforme y repugnante, que se tiró sobre la hierba retorciendo los miembros y luego corrió a toda velocidad por el jardín hasta perderse en la oscuridad.-¡Dios mío! -susurré-. ¿Ha visto eso?Por un momento, Holmes se quedó tan sorprendido como yo, y su mano se cerró como una presa sobre mi muñeca. Luego, se echó a reír en voz baja y acercó los labios a mi oído.-Es una familia encantadora -murmuró-. Eso era el habuino.Me había olvidado de los extravagantes animalitos de compañía del doctor. Había también un guepardo, que podía caer sobre nuestros hombros en cualquier momento. Confieso que me sentí más tranquilo cuando, tras seguir el ejemplo de Holmes y quitarme los zapatos, me encontré dentro de la habitación. Mi compañero cerró los postigos sin hacer ruido, colocó la lámpara encima de la mesa y recorrió con la mirada la habitación. Todo seguía igual que como lo habíamos visto durante el día. Luego se arrastró hacia mí y, haciendo bocina con la mano, volvió a susurrarme al oído, en voz tan baja que a duras penas conseguí entender las palabras.-El más ligero ruido sería fatal para nuestros planes.Asentí para dar a entender que lo había oído.-Tenemos que apagar la luz, o se vería por la abertura.Asentí de nuevo.-No se duerma. Su vida puede depender de ello. Tenga preparada la pistola por si acaso la necesitamos. Yo me sentaré junto a la cama, y usted en esa silla.Saqué mi revólver y lo puse en una esquina de la mesa.Holmes había traído un bastón largo y delgado que colocó en la cama a su lado. Junto a él puso la caja de cerillas y un cabo de vela. Luego apagó la lámpara y quedamos sumidos en las tinieblas.¿Cómo podría olvidar aquella angustiosa vigilia? No se oía ni un sonido, ni siquiera el de una respiración, pero yo sabía que a pocos pasos de mí se encontraba mi compañero, sentado con los ojos abiertos y en el mismo estado de excitación que yo. Los postigos no dejaban pasar ni un rayito de luz, y esperábamos en la oscuridad más absoluta. De vez en cuando nos llegaba del exterior el grito de algún ave nocturna, y en una ocasión oímos, al lado mismo de nuestra ventana, un prolongado gemido gatuno, que indicaba que, efectivamente, el guepardo andaba suelto. Cada cuarto de hora oíamos a lo lejos las graves campanadas del reloj de la iglesia. ¡Qué largos parecían aquellos cuartos de hora! Dieron las doce, la una, las dos, las tres, y nosotros seguíamos sentados en silencio, aguardando lo que pudiera suceder.De pronto se produjo un momentáneo resplandor en lo alto, en la dirección del orificio de ventilación, que se apagó inmediatamente; le siguió un fuerte olor a aceite quemado y metal recalentado. Alguien había encendido una linterna sorda en la habitación contigua. Oí un suave rumor de movimiento, y luego todo volvió a quedar en silencio, aunque el olor se hizo más fuerte. Permanecí media hora más con los oídos en tensión. De repente se oyó otro sonido... un sonido muy suave y acariciador, como el de un chorrito de vapor al salir de una tetera. En el instante mismo en que lo oímos, Holmes saltó de la cama, encendió una cerilla y golpeó furiosamente con su bastón el cordón de la campanilla.-¿Lo ve, Watson? -gritaba-. ¿Lo ve?Pero yo no veía nada. En el mismo momento en que Holmes encendió la luz, oí un silbido suave y muy claro, pero el repentino resplandor ante mis ojos hizo que me resultara imposible distinguir qué era lo que mi amigo golpeaba con tanta ferocidad. Pude percibir, no obstante, que su rostro estaba pálido como la muerte, con una expresión de horror y repugnancia.Había dejado de dar golpes y levantaba la mirada hacia el orificio de ventilación, cuando, de pronto, el silencio de la noche se rompió con el alarido más espantoso que jamás he oído. Un grito cuya intensidad iba en aumento, un ronco aullido de dolor, miedo y furia, todo mezclado en un solo chillido aterrador. Dicen que abajo, en el pueblo, e incluso en la lejana casa parroquial, aquel grito levantó a los durmientes de sus camas. A nosotros nos heló el corazón; yo me quedé mirando a Holmes, y él a mí, hasta que los últimos ecos se extinguieron en el silencio del que habían surgido.-¿Qué puede significar eso? -jadeé.-Significa que todo ha terminado -respondió Holmes-. Y quizás, a fin de cuentas, sea lo mejor que habría podido ocurrir. Coja su pistola y vamos a entrar en la habitación del doctor Roylott.Encendió la lámpara con expresión muy seria y salió al pasillo. Llamó dos veces a la puerta de la habitación sin que respondieran desde dentro. Entonces hizo girar el picaporte y entró, conmigo pegado a sus talones, con la pistola amartillada en la mano.Una escena extraordinaria se ofrecía a nuestros ojos. Sobre la mesa había una linterna sorda con la pantalla a medio abrir, arrojando un brillante rayo de luz sobre la caja fuerte, cuya puerta estaba entreabierta. Junto a esta mesa, en la silla de madera, estaba sentado el doctor Grimesby Roylott, vestido con una larga bata gris, bajo la cual asomaban sus tobillos desnudos, con los pies enfundados en unas babuchas rojas. Sobre su regazo descansaba el corto mango del largo látigo que habíamos visto el día anterior, el curioso látigo con el lazo en la punta. Tenía la barbilla apuntando hacia arriba y los ojos fijos, con una mirada terriblemente rígida, en una esquina del techo. Alrededor de la frente llevaba una curiosa banda amarilla con lunares pardos que parecía atada con fuerza a la cabeza. Al entrar nosotros, no se movió ni hizo sonido alguno.-¡La banda! ¡La banda de lunares! -susurró Holmes.Di un paso adelante. Al instante, el extraño tocado empezó a moverse y se desenroscó, apareciendo entre los cabellos la cabeza achatada en forma de rombo y el cuello hinchado de una horrenda serpiente.-¡Una víbora de los pantanos! -exclamó Holmes-. La serpiente más mortífera de la India. Este hombre ha muerto a los diez segundos de ser mordido. ¡Qué gran verdad es que la violencia se vuelve contra el violento y que el intrigante acaba por caer en la fosa que cava para otro! Volvamos a encerrar a este bicho en su cubil y luego podremos llevar a la señorita Stoner a algún sitio más seguro e informar a la policía del condado de lo que ha sucedido.Mientras hablaba cogió rápidamente el látigo del regazo del muerto, pasó el lazo por el cuello del reptil, lo desprendió de su macabra percha y, llevándolo con el brazo bien extendido, lo arrojó a la caja fuerte, que cerró a continuación.Éstos son los hechos verdaderos de la muerte del doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran. No es necesario que alargue un relato que ya es bastante extenso, explicando cómo comunicamos la triste noticia a la aterrorizada joven, cómo la llevamos en el tren de la mañana a casa de su tía de Harrow, o cómo el lento proceso de la investigación judicial llegó a la conclusión de que el doctor había encontrado la muerte mientras jugaba imprudentemente con una de sus peligrosas mascotas. Lo poco que aún me quedaba por saber del caso me lo contó Sherlock Holmes al día siguiente, durante el viaje de regreso.-Yo había llegado a una conclusión absolutamente equivocada -dijo-, lo cual demuestra, querido Watson, que siempre es peligroso sacar deducciones a partir de datos insuficientes. La presencia de los gitanos y el empleo de la palabra «banda», que la pobre muchacha utilizó sin duda para describir el aspecto de lo que había entrevisto fugazmente a la luz de la cerilla, bastaron para lanzarme tras una pista completamente falsa. El único mérito que puedo atribuirme es el de haber reconsiderado inmediatamente mi postura cuando, pese a todo, se hizo evidente que el peligro que amenazaba al ocupante de la habitación, fuera el que fuera, no podía venir por la ventana ni por la puerta. Como ya le he comentado, en seguida me llamaron la atención el orificio de ventilación y el cordón que colgaba sobre la cama. Al descubrir que no tenía campanilla, y que la cama estaba clavada al suelo, empecé a sospechar que el cordón pudiera servir de puente para que algo entrara por el agujero y llegara a la cama. Al instante se me ocurrió la idea de una serpiente y, sabiendo que el doctor disponía de un buen surtido de animales de la India, sentí que probablemente me encontraba sobre una buena pista. La idea de utilizar una clase de veneno que los análisis químicos no pudieran descubrir parecía digna de un hombre inteligente y despiadado, con experiencia en Oriente. Muy sagaz tendría que ser el juez de guardia capaz de descubrir los dos pinchacitos que indicaban el lugar donde habían actuado los colmillos venenosos.»A continuación pensé en el silbido. Por supuesto, tenía que hacer volver a la serpiente antes de que la víctima pudiera verla a la luz del día. Probablemente, la tenía adiestrada, por medio de la leche que vimos, para que acudiera cuando él la llamaba. La hacía pasar por el orificio cuando le parecía más conveniente, seguro de que bajaría por la cuerda y llegaría a la cama. Podía morder a la durmiente o no; es posible que ésta se librase todas las noches durante una semana, pero tarde o temprano tenía que caer.»Había llegado ya a estas conclusiones antes de entrar en la habitación del doctor. Al examinar su silla comprobé que tenía la costumbre de ponerse en pie sobre ella: evidentemente, tenía que hacerlo para llegar al respiradero. La visión de la caja fuerte, el plato de leche y el látigo con lazo, bastó para disipar las pocas dudas que pudieran quedarme. El golpe metálico que oyó la señorita Stoner lo produjo sin duda el padrastro al cerrar apresuradamente la puerta de la caja fuerte, tras meter dentro a su terrible ocupante. Una vez formada mi opinión, ya conoce usted las medidas que adopté para ponerla a prueba. Oí el silbido del animal, como sin duda lo oyó usted también, y al momento encendí la luz y lo ataqué.-Con el resultado de que volvió a meterse por el respiradero.-Y también con el resultado de que, una vez al otro lado, se revolvió contra su amo. Algunos golpes de mi bastón habían dado en el blanco, y la serpiente debía estar de muy mal humor, así que atacó a la primera persona que vio. No cabe duda de que soy responsable indirecto de la muerte del doctor Grimesby Roylott, pero confieso que es poco probable que mi conciencia se sienta abrumada por ello.
posted by dantealberto at 1:32 PM 0 comments
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